A lo largo de mi vida, ha habido muy pocos momentos en los que me sentía parte de algo. Desde que tengo uso de razón, siempre he sido yo contra el mundo. Incluso alrededor de mi familia, era un extraño, la oveja negra, digamos.
Esto me ha hecho aferrarme a cualquier persona o grupo de estos que me hicieran sentir como si pudiera depender de ellos.
¿Qué es depender? Sino sentir que por fin puedes quitarte la chaqueta ante los primeros días calurosos del año. No importa cuántas veces caigas, pues los suelos por los que caminas se han vuelto las toallas más suaves.
Pertenecer es un sentimiento tan plácido que incluso te puedes perder en él. Es cómodo, es accesible, es gente con la que compartes tu carga, gente que te comparte la suya. Tus pilares.
Perderte dentro de un grupo, perder tu individualidad, eso es algo que he hecho siempre que he tenido la ocasión de formar parte de algo.
Con el tiempo, te das cuenta de que tus deseos no siempre se alinean con los de los demás, las actitudes que tienes no siempre se corresponden de la forma esperada, y de repente, empiezas a verlos desde unas aguas turbulentas, ajenas a la claridad que creías tener.
Los pilares que sostenían tu carga, se corroen, se tuercen y se desploman.
Y ahora pienso, ¿Qué es depender, pertenecer? Sino sentir que acabas de tener el día de playa de tu vida, y ahora toca irse con los pies llenos de arena.
Qué es sino una gran conveniencia.
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