Caballero y Sombra (Patraña).

La marginalia al pie de página relata:


«...y cuando el caballero de plateada armadura subió a la cúspide de la iglesia para ver a la Sombra presa del Caicai, con sangre en el pecho y cortes en las manos, la vio en una esquina susurrando.»


Sombra (mira a la pared en silencio; luego murmura):


Las almas sensibles se visten de carne viva en este mundo de sal.


(Rompe a cantar en un sollozo desconsolado)


Yo no tuve carnaval, pues mi vida es como el viento;

unos días brisa suave, otros días un tormento;

yo no tuve carnaval, pues yo vivo lo que siento,

y a la gente del Cuareim les quitaron el convento.


Caballero (agotado de tanto galopar y pelear, interrumpe): —¡Vengo a buscarte! ¡No porque me manda el toqui! sino porque de tanto cabalgar mi espalda no soporta el peso de mi espada. 


Sombra (poco sorprendida por la llegada del caballero): —Vengo a disculparme…


Caballero (perdido, mirando el rincón, refuta): —¿Tú vienes?...


Sombra (apenada): —Vengo a disculparme, el miedo me apresó en la torre y el insomnio y la tristeza y la ansiedad me han consumido, y ahora sin nada que añorar más que un rayo de luz pasando por las rendijas del techo atravesando mi corazón.


Caballero (soberbio): —¡¿Por qué si he venido a buscarte no quieres bajar conmigo?!


Sombra (tajante): —Abajo tu amado corcel, blanco y majestuoso… espera por ti.


Caballero (histriónico): —La quiero a usted, no al corcel.


(la sombra se queda en silencio unos segundos y luego de una pequeña carcajada continúa)


Sombra: —Quería caminar con “usted” señor caballero, con usted hasta el fin del mundo, pero ahora, solo la terapia y la música y las pastillas para dormir me han dado unos momentos más de vida.


Caballero (aún histriónico): —Yo que la he amado señora sombra, ¿por qué no quiere acompañarme? Dejaré mi espada y corcel, y dejaré que atraviese mi armadura con su daga.


(la sombra lo ignora y sigue cantando)


Yo lo puedo sentir repicar en mis venas 

Todo el mundo tendría que oír El candombe

Yo lo puedo sentir repicar en mis venas 

Todo el mundo tendría que oír El candombe es de aquí… 


Caballero (rumiante): —¿Qué le da tanta vergüenza?


Sombra (avergonzada): —Que vos sos cielo, es el precioso amanecer rojizo, y yo los cables de alta tensión que arruinan la vista «soy la electrónica obsoleta, y las viejas metáforas del canibalismo como forma de amor».


(la sombra se abraza a sí misma y apoya la cabeza en una pared húmeda)



Caballero (ligeramente ruborizado): —Usted no es nada de eso, bella sombra.


Sombra (ligeramente indignada): —Entonces, ¿por qué su caballo sigue ahí?, ¿por qué no lo dejó y me dejó amarlo?


Caballero: —Las almas sensibles se visten de carne viva en este mundo de sal (robando descaradamente la frase de la sombra, porque el caballero es un caballero descarado).


(la sombra lo mira extrañada)


Sombra (recordando una canción): —Tal vez solo tienes que desenredar a tu corazón del mal de este mundo y entonces "me amarás".


Caballero (desentendido): —¿Ya es muy tarde?


Sombra (resignada): —Al final, lo único que queda es esta ventisca que nos congela los huesos. Solo así voy a poder apreciar tus mejillas rojas y volver a sentir, aunque sea, algo más.


(la sombra sigue tarareando-)


Yo no tuve carnaval, pues mi vida es como el viento;

Unos días brisa suave, otros días un tormento; 

Yo no tuve carnaval, pues yo vivo lo que siento, 

y a la gente del Cuareim les quitaron el convento.


(la sombra para abruptamente.)


Sombra (ya somnolienta): —Estoy cansada de esas luces que caen del cielo, ese confeti que ensucia las calles, esa suciedad que nos inunda y esos tambores que hacen vibrar mi cráneo y adormecen mis orejas.

Somos una tormenta que se cae de la copa, que se derrama sobre cartas y poesías que terminarán siendo trituradas para la próxima fiesta.


(sigue tarareando)


Todo el mundo tendría que oír, El candombe es de aquí… es nuestro.


(el caballero se sienta a su lado)


Caballero (sollozando): —¿Ya no quiere hablarme?


(la sombra canta por última vez)


Lejos, desde el río

hay voces y cantos viejos

Hay espejos de rocío

Tratándose de acercar

Deseando poder llegar

A ver tus ojos siendo

Flores de tinte rojo

Llegando mi barca

mi barca, lejos

Los actos reflejos son ataduras del mal

acércate para hablar.


(el caballero agotado «decepcionado» se marcha cabizbajo de la iglesia)

(la sombra mira a los pequeños insectos en el techo, meditando si ya es la hora de cenar)


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