Pensaba que tropezar dos veces con la misma piedra era un mito, o una hazaña casi imposible, solo reservada a los estúpidos. Estoy justo en ese punto de la ecuación en el que todo el mundo a mi alrededor está cambiando menos yo, que me encuentro herméticamente en la misma posición a hace meses. He vuelto a perder una oportunidad de cambio y de felicidad que necesitaba, pero ante la que he sido absolutamente incapaz de estar a la altura, es decir, responder de la manera que el mundo demandaba de mí.
Qué sensación tan extraña me invade, esta de encariñarme con el tropiezo, esto de estar obligado por algún ente superior a resignarme y a volverme obstinado, abnegado. He leído esta mañana en El conde de Montecristo de A. Dumas que la abnegación es la ambición que espera a salir. ¿Será verdad? ¿Será verdad...? Llevo cerca de un año entero en esta disposición paralizada de ánimo: me siento robotizado, ¿será esto ser un cyborg, digo, esto de seguir caminando a pesar de tener el cuerpo en llamas? ¿Hay alternativa a la tristeza radical de quedarse en un mismo sitio observando cómo el mundo sigue girando?
Pero todavía persiste el miedo radical ante una posibilidad: la asimbolia. Me aterra perder el sentido a las cosas porque me recuerda tiempos extraños, que marcaron época. Necesitaba este trabajo para seguir adelante y adquirir fuerzas, pero parece que Dios me tiene reservado otro camino más tortuoso (¡Otro más, otro más!) hacia la felicidad o serenidad.
De acuerdo, me arrodillo, pero que no tarden las fuerzas en hacer efecto, por favor. Porque ando en llamas y siento que mi cuerpo va a estallar.
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