La madera me toca los hombros. No hay margen. Si respiro hondo, los codos golpean contra las paredes y el ruido seco me devuelve al cuerpo… Me recuerda dónde estoy.
Perdí la cuenta de los días hace tiempo. Acá adentro no hay reloj, solo el calor que sube cuando afuera es temprano y el frío que se filtra por las juntas cuando cae la noche. Aprendí a leer el tiempo por la temperatura de la madera contra mi espalda, por el sonido de los pájaros que cambia según la hora, por el hambre que me avisa que pasé otro día entero ahí adentro.
Las piernas ya no me duelen. Al principio sí, un dolor que subía desde las rodillas dobladas y se instalaba en la cadera, un dolor que me hacía apretar los dientes en la oscuridad. Ahora es distinto: es como si el cuerpo hubiera decidido que esta es la forma que le corresponde. Encogido. Quieto. Pequeño. A veces intento estirar una pierna y el músculo directamente no responde, como si hubiera olvidado que puede ser otra cosa.
Puedo estirar un brazo hasta la tapa y sentir las hendijas por donde entra el aire. Son cuatro, las conté con los dedos tantas veces que ya ni hace falta mirar. Por ahí me llega olor a tierra mojada cuando llueve. Por ahí sé que todavía hay un afuera, el mundo real del que decidí escaparme. Ahora solo tengo esta madera, este olor a encierro propio, y la certeza fría de que en algún momento dejé de intentar salir.
Si alguien me preguntara "¿por qué te metiste ahí?" no podría señalar un solo momento, un solo día. Fue de a poco, como quien se mete al mar y no nota el frío hasta que ya no puede tocar la orilla.
Empezó con ella. O mejor dicho, empezó con el miedo a perderla.
Me acuerdo de las noches en que discutíamos y yo salía a caminar solo para no decir algo que no pudiera retirar. Volvía y la encontraba dormida, o haciéndose la dormida, y yo me quedaba mirando el techo pensando en todas las formas en que podía ser mejor para ella, más gracioso, más atractivo, más inteligente, menos yo. Tal vez, si dejaba de ocupar tanto espacio, si me hacía pequeño, las cosas iban a funcionar. Que si desaparecían mis aristas, ella iba a dejar de tropezarse conmigo.
El cajón estaba ahí, en el fondo del terreno, abandonado desde antes de que yo llegara a esta casa. Lo vi una tarde de verano y pensé, casi como un chiste que me hice a mí mismo, que ahí adentro nadie podía hacerme daño ni yo podía hacerle daño a nadie. Ahí adentro no había forma de discutir, de decir la palabra equivocada, de romper algo que después no se pudiera arreglar, de dar una razón para ser abandonado una vez más.
La primera vez que me metí fue solo por diez minutos. Me acuerdo de la risa nerviosa, de pensar "qué estupidez estoy haciendo". Al salir, todo seguía igual afuera, ella seguía enojada, yo seguía sin saber qué decir. Pero adentro, por esos diez minutos, no había tenido que decir nada. No había tenido que ser nada.
Empecé a volver. Cada vez un poco más de tiempo. Le decía que necesitaba estar solo, que iba a caminar, y en cambio venía hasta acá, me encerraba y sentía cómo el mundo se reducía a cuatro tablas de madera y mi propia respiración. No hacía falta explicar nada ahí adentro. No hacía falta ser suficiente para nadie.
Hasta que dejó de ser un refugio y se convirtió en el único lugar donde sentía que podía respirar, aunque suene contradictorio, porque cada vez había menos aire de verdad y más silencio con forma de consuelo.
Ella empezó a notar que yo desaparecía. Al principio preguntaba, después dejó de preguntar. Y yo, en lugar de asustarme por eso, sentí un alivio espantoso: una preocupación menos, una pregunta que no tenía que responder.
No fue ella la que me metió acá. Quiero que eso quede claro, aunque a veces, en las noches más largas, me cueste distinguir si me metí para protegerla a ella o para protegerme de tener que seguir intentando ser alguien más.
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