Y cuando caen tus flores amarillas
como una alfombra,
las calles se cubren de aquello
que alguna vez fue tuyo.
Marchan —no con malicia,
sino ignorantes de su desprendimiento—,
y aun así
me destrozan el corazón.
¿Es que alguien es capaz de verte de esta manera?
¿De poder ver, aun entre hojas verdes
y largas vainas,
aquello que serás?
No hace falta que llegue el Songkran
para corrompernos con tu belleza,
ni arrancar tus hojas
para que tus flores nos tienten.
Pues cuando el viento y las lluvias borren este poema
—como al cielo sus nubes—,
miraré tus ramas desnudas.
Y como en un culto,
me postraré ante tu sombra,
que, como miles de dibujos,
me muestra aquello que alguna vez
fui dichoso de contemplar.
Tal vez la prisa
haga parecer ridículo este deseo;
pero no soy imbécil por amar,
ni ingenuo por dejarme cautivar.
Entonces, otra primavera llegará.
Y tal vez tú también...
pues solo tú, con tus flores,
pintarás nuevamente
el concreto gris de esta ciudad.
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