Noche de verano,
bajo un cielo sin estrellas,
trae un pensamiento.
—Un intento de haiku que escribí.
Me encuentro demasiado activado. Incluso el choque de mis dientes se ha convertido en una molestia. Quiero resolverlo todo, arrancarle una respuesta a cada pregunta y conseguir, aunque sea por un instante, que todo esto se reduzca al silencio.
¿Cómo llegué hasta aquí? ¿De dónde nace este hartazgo?
“Si algún día me alejo, no me busques”,
dijo Hannah,
después de que le dijera que no deseaba perderla.
Vivo en un mundo donde mis necesidades parecen ser mucho pedir;
donde un saludo puede ser, algún día, el último;
donde un abrazo puede dejar de ser suyo;
un mundo donde el presente vive a la sombra de su propio final.
Y cuando, entre todo este ruido, te encontré, Hannah, creí haber encontrado tranquilidad. Pero incluso ahí aparece la sombra:
“No quiero que desperdicies tu tiempo si al final se acabará”.
“Las amistades a mí no me duran”.
Y me resulta doloroso pensar que, por alguna razón, quizá lo nuestro esté destinado a repetir aquello que alguna vez perdiste.
Porque yo no soy aquello que perdiste.
No somos ellos.
No somos aquella historia.
Hay algo profundamente humano en querer sobrevivir a lo que nos ha sucedido: aprender de nuestras pérdidas, reconocer los patrones, anticiparnos al próximo golpe. Quizá por eso me duele tanto escucharte hablar de nuestra posible despedida como si ya conocieras su forma.
Porque yo, proyectándome en ti, creo que intentaría hacer algo distinto.
No porque crea que pueda salvarte de ti misma, ni porque nuestra amistad deba ser eterna para haber valido la pena. Sino porque esto no es igual.
Alejandro es Alejandro.
Y Hannah es Hannah.
Y lo que existe entre nosotros no ha ocurrido antes.
No sé si eso será suficiente para que permanezcas. No puedo exigírtelo. Tampoco quiero convertir mi cariño en una deuda que tengas que pagar quedándote.
Pero sí puedo negarme a creer que nuestra historia está escrita antes de que termine.
Me gustaría culparte. Dejar de quererte por voluntad propia. Pensar, como dices, que todo esto es apenas un desperdicio de tiempo y que lo sensato sería desprenderme antes de que duela.
Me gustaría poder hacerlo.
Pero comprendo tu humanidad, y odio comprenderla.
Entiendo que quizá no estés intentando herirme cuando anticipas tu propia partida. Quizá solo estés intentando protegerme de algo que tú misma has visto suceder demasiadas veces.
Y aun así, hasta que ese día llegue —si es que llega—, te amaré como lo he hecho hasta ahora.
No eres importante para mí porque hayas dicho siempre las palabras correctas. Ni porque hayas conseguido ser una versión perfecta de aquello que necesito.
Te amo precisamente allí donde eres humana: donde dudas, donde te contradices, donde no sabes permanecer, donde quizá incluso quieras irte.
Y te amo especialmente ahí donde no estás, porque no necesito tenerte conmigo para reconocer lo que eres ahora.
El amor ama porque ve que el objeto es amable.
Y prefiero aceptar el riesgo de sufrir antes que convertirte, por miedo, en alguien a quien nunca quise conocer.
Eres mi peso, Hannah;
y por él voy dondequiera que voy.
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