A veces, tener a alguien que te acompañe
es más valioso que alguien que te aconseje.
Yo estuve para él en su caída,
y él estuvo para mí en cada herida.
Casi nunca hablamos de lo profundo,
ninguno quiso cargar con ese mundo.
No pusimos nombre a lo nuestro,
porque temíamos que al nombrarlo se volviera incierto.
Nos costaba tocar lo serio,
preguntar “¿estás bien?” o “¿qué somos?”
Preferíamos adivinar respuestas
en conversaciones ligeras,
aunque sabíamos que era triste mentirnos,
porque nos conocíamos tanto
que bastaba el silencio para descubrirnos.
Sabíamos cuando el otro estaba mal,
luchábamos juntos, aunque sin un plan.
No había forma directa de ayudar,
porque fingíamos que no había nada que sanar.
Ignorábamos nuestras propias necesidades,
pero velábamos por las del otro:
“¿Comiste?”
“¿Dormiste?”
Pequeñas preguntas que eran pruebas,
buscando confirmar si lo nuestro era real,
si podía durar:
“¿Me extrañas?”
“En dos meses hay un concierto, ¿me acompañas?”
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