Después de escapar de esos venenosos monstruos,
había amoldado mi inmutable deseo de querer
en un cálido hogar perteneciente a mi orgullo.
Debía mi devoción a quienes convivían,
aquellos que cambiaron cada apiste de mi
existencia para transformar la vil experiencia en
una aura reconfortante.
Pero hombre, puedo detestarlos eventualmente.
Con esas deformaciones arrulladoras de desinterés.
Descociendo mis heridas, provocando que rezara en
Nombre de mi integridad, implorando continuar en esa
Ilusión que creaba para pretender que alguien siquiera
Pudo conocerme y en consecuencia, amarme.
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