2 de febrero de 2026
Ha pasado 1 año, son las dos de la tarde y está lloviendo. No es una lluvia de verano, de esas que alivian el calor, sino una cortina gris y fría que se filtra por la ventana y cala hasta los huesos. Es la misma lluvia que caía la primera vez que sentí que todo empezaba a romperse, y ahora, es la misma que me acompaña mientras intento juntar los pedazos de esta carta.
En ella, quiero dejarte todo mi amor, aunque ya no sepa qué es el amor sin el filo del dolor. Quiero decirte gracias por haberme ayudado, por haberme entendido, o al menos por haberlo intentado. Son las dos de la tarde y esta lloviendo como la primera vez, tal vez por eso me cuesta tanto decirte adiós. Porque en cada gota que golpea el cristal, veo un reflejo de nosotros, un eco de lo que fuimos y de lo que la vida se llevó.
Miro mis brazos, mis cicatrices, y el humo del cigarrillo que se disuelve en el aire denso de la habitación. Intento recordar cómo llegamos a este silencio que nos ahoga a ambos, a esta pausa forzada que parece no tener fin.
Noviembre 2022:
El gimnasio olía a sudor y a pasto recién cortado, pero yo no corría con mis compañeras. No tenía compañeras. Estaba sola, como casi siempre, observando cómo el mundo seguía girando sin mí. Mis ojos se desviaron hacia la ventana de la sala de al lado, y ahí estabas. Tú.
Estabas jugando con tus amigos, riendo, con el sol de media tarde enredado en esos rulos castaños que parecían hechos para enmarcar la luz. Tus ojos, de un avellana profundo, se cruzaron con los míos por un instante fugaz. Un flechazo. Eso fue. Una punzada dulce y amarga que me dejó sin aliento, una chispa que encendía la esperanza. Pero la esperanza es traicionera. Al tiempo, el murmullo de los pasillos confirmó lo que ya temía: habías empezado a salir con otra niña. El corazón, esa cosa estúpida, se encogió. Decidí que nunca te hablaría. Me guardé ese sentimiento como un secreto, un diamante filoso que llevaba escondido en mi bolsillo, quemándome la piel.
Septiembre 2023:
Los meses pasaron como hojas secas arrastradas por el viento. La noticia llegó en septiembre del año siguiente, como un soplo en el oído en medio de una clase aburrida: tú y la otra niña habían terminado en marzo o abril. Y lo más increíble, lo que me hizo sentir un escalofrío que no era de frío, era que yo te gustaba. Pero la vida, con su ironía cruel, tenía otros planes para mí.
En ese entonces, yo estaba atrapada en una relación que no era amor, sino una telaraña pegajosa de dependencia emocional. No podía salir. Me sentía sola, vacía, y la única forma de sentir algo real, algo que me recordara que todavía existía, era la hoja fría de la cuchilla contra mi piel. Me encerraba en mi pieza, el lugar donde la vergüenza y el alivio convivían en un abrazo macabro. Después de cada corte, venía la culpa, un torbellino oscuro que me succionaba más y más profundo. Te anhelaba, claro que sí, pero estaba demasiado hundida en mi propio infierno para siquiera intentar tenderte la mano.
Noviembre 2023:
La burbuja de mi aislamiento se rompió lentamente. En noviembre, empezamos a hablar. Al principio, fueron saludos tímidos, miradas que duraban un segundo de más. Luego, los abrazos. Cada vez que nos veíamos, el mundo se detenía por un instante. Tu olor. No era un perfume, no era una colonia. Era simplemente tu olor, una mezcla de piel, de ropa limpia y de algo inefable que solo podía ser “tú”. Ese olor se convirtió en mi refugio, en la única cosa que me hacía sentir a salvo, aunque fuera por un minuto. Eran nuestros momentos mágicos, pequeñas islas de paz en un mar de tormento personal.
Diciembre 2023:
Finalmente, reuní la fuerza para salir de esa relación tóxica que me estaba consumiendo. Corrí hacia la luz, hacia la esperanza que eras tú. Pero la vida, implacable, volvió a reírse en mi cara. Justo cuando yo me liberaba, tú empezabas a salir con otra niña. El tiempo. Siempre el tiempo. Siempre llegaba tarde, o tú te adelantabas. El destino parecía empeñado en mantenernos separados, en dibujar círculos concéntricos a nuestro alrededor, cada vez más cerca, pero sin permitirnos tocar el centro.
Enero – Febrero 2024:
El nuevo año trajo consigo un cambio. En enero, supe que tu relación con ella había terminado. Las razones eran las de siempre: ella te cancelaba planes, te recordaba traumas de tu infancia. Y ahí estaba yo, esperando en las sombras, sintiendo que tal vez, esta vez, el universo por fin estaba conspirando a nuestro favor. En febrero, la posibilidad se hizo realidad: empezamos a salir. La palabra “nosotros” se sentía dulce y extraña en mi boca, como un caramelo que había esperado demasiado tiempo para probar.
Marzo 2024:
Nunca olvidaré ese día. Era marzo, un martes cualquiera, pero el sol brillaba con una intensidad que presagiaba algo extraordinario. Estábamos en la fila del colegio, esa interminable serpiente de alumnos que se forma antes de entrar a la sala, esperando el pan y el vino que se repartían para conmemorar la Última Cena. Ironías de la vida.
La profesora nos daba indicaciones, y el murmullo de las voces se mezclaba con el canto de los pájaros. Tú estabas delante de mí, colado en mi curso para estar a mi lado un rato más después del recreo. Me giré, y tus ojos avellana se clavaron en los míos. El mundo entero se detuvo. El ruido de la fila se disolvió en un eco lejano. No importaba la gente alrededor, ni la profesora, ni el significado sagrado del día. Tus labios encontraron los míos en un beso que supo a eternidad. Fue mágico, sí, pero también fue la primera hostia. No de pan y vino, sino de algo mucho más embriagador y peligroso. El pacto de un amor que iba a exigir su precio en sangre.
Abril 2024:
La magia duró poco, como una pompa de jabón al sol. Unas semanas después, la noticia me golpeó como un puñetazo en el estómago: te habías besado con alguien más. No lo vi, no tuve que verlo. Las palabras de tus amigos, susurradas con la voz compungida, fueron suficientes para destrozarme. El dolor. Ah, el dolor. No era solo traición, era como si alguien hubiera abierto una herida que creía cerrada y hubiera vertido sal en ella.
Te dejé de hablar. Corté todo contacto, intentando sanar ese nuevo tajo que se abría en mi alma. Pero mi voluntad era de papel, frágil y sin sustancia. A la semana, volví a tus brazos, como un autómata, incapaz de resistir la fuerza gravitacional que ejercías sobre mí. Era el inicio del patrón, la primera de muchas veces que nos romperíamos y nos reconstruiríamos, cada vez con más cicatrices.
Mayo 2024
“Tu inestabilidad me supera”. Esas fueron tus palabras en mayo, un frío que se coló hasta los huesos, aunque el sol de primavera aún calentara. Mis altibajos emocionales, mis momentos de oscuridad, mis preguntas constantes… todo eso te asustó. Y lo entiendo. ¿Quién quiere acercarse a un pozo sin fondo? Me dejaste de hablar.
Un mes. Un mes de silencio, de noches en vela, de mirar el celular esperando un mensaje que no llegaba. Un mes donde la soledad se volvió más densa, más pegajosa. Recaí en mis viejos hábitos, sintiendo que no valía nada, que mi existencia era una carga. Pero incluso en ese abismo, tu recuerdo era el único ancla, aunque también fuera el mismo que me arrastraba hacia abajo.
Junio 2024:
El milagro ocurrió en junio. El mismo día que volvimos a hablar, ese mismo día, me pediste que fuéramos novios. Duramos siete meses. Siete meses de un amor que brillaba como un faro en la oscuridad, pero que también me quemaba por dentro. Éramos dos almas perdidas intentando aferrarse la una a la otra en medio de la tormenta. Hubo risas, momentos de pura felicidad, pero siempre, siempre, la sombra de la precariedad planeando sobre nosotros. Como si supiera que nuestro amor tenía fecha de caducidad.
Enero 2025:
Llegó enero de 2025, y la depresión, esa vieja compañera, me envolvió en su manta pesada. Me costaba levantarme, contestar un mensaje, salir de la cama. Estaba tan hundida en mi propia oscuridad que sentí que no podía arrastrarte conmigo. Te terminé.
No fue por falta de amor, sino por un exceso de dolor propio. Tardaba en contestar tus mensajes, no quería salir, me sentía como un lastre. Pensé que si te dejaba ir, te salvaría de mi propia autodestrucción. Pero en el fondo, sabía que me estaba condenando a mí misma a una soledad aún mayor. Las vacaciones de verano, que antes habían sido sinónimo de libertad, se convirtieron en un purgatorio. Te extrañé cada día, cada hora, cada minuto, con una intensidad que me desgarraba.
Marzo 2025:
El regreso a clases en marzo fue una tortura. Verte de nuevo, pasar por tu lado en los pasillos, sentir tu presencia en el mismo espacio, fue un golpe en el estómago. Un recordatorio constante de lo que había perdido. El dolor se hizo físico, un nudo apretado en la garganta. Entre marzo y abril, volvimos a hablar. Fue como si un imán invisible nos atrajera, a pesar de todo. Pero ya nada era igual. La inocencia se había perdido en algún lugar del camino, reemplazada por una tensión, por la sombra de las heridas que nos habíamos causado mutuamente.
Mayo 2025:
El peso de tu ausencia, la confusión de tu presencia intermitente, la necesidad de silenciar el ruido de mis propios pensamientos… todo se volvió insoportable. En mayo, di el primer paso hacia el abismo. Los cigarros fueron el inicio. Después, la marihuana, un intento de suavizar los bordes ásperos de la realidad.
Pero no era suficiente. Quería apagarlo todo. Quería que el cerebro dejara de pensar, para que el corazón no sintiera. Empecé a jalar de todo con tal de dejar de pensar. El ritual se volvió una necesidad. El polvo blanco en la mesa, el tubo, la aspiración rápida. Al principio, era una ráfaga de euforia, una falsa sensación de control, una anestesia para el alma. Los pensamientos sobre ti, sobre mi dolor, se apagaban, se volvían un murmullo lejano. Pero la paz era efímera. Después de la subida, venía la caída. Un vacío más profundo, una culpa más pesada. Las sustancias no me hacían olvidarte; solo me hacían sentir que podía soportar el recuerdo, por un rato.
Junio 2025:
La droga se convirtió en mi escondite, en mi forma de sobrevivir a tu presencia constante en mi mente. En junio, cuando intentamos volver, tus palabras fueron un corte más profundo: “estás muy metida en mierda como para volver”. Y tenías razón. Yo lo sabía. Pero dolía escucharlo de ti.
Al poco tiempo, te vi aparecer con otra niña. Otra vez. Decidí distanciarme, por ella, por decencia, por la última pizca de dignidad que me quedaba. Pero no duró mucho. Volviste, diciéndome que no te sentías bien con ella, que no importaba cómo se sintiera ella. Y ahí, en ese ciclo vicioso, en ese ir y venir de tus promesas y tus retiros, nos besamos en agosto.
Pensé, ingenuamente, que volveríamos. Pero no. El patrón se repitió, una y otra vez. Nos dejábamos de hablar, volvíamos a hablar, nos besábamos y nos alejábamos, como dos imanes con polaridad cambiante, incapaces de mantenerse unidos. Cada ciclo era más doloroso, más agotador, más destructivo.
Diciembre 2025:
Llegó diciembre, y con él, tus promesas. Me juraste cielo, mar y tierra. Dijiste que querías todo conmigo, que esta vez era diferente, que ibas en serio. Y yo, una parte de mí, quería creerte. Quería aferrarme a esa última chispa de esperanza que ofrecías. Pero la desconfianza era un veneno que corría por mis venas. La experiencia me había enseñado que tus palabras eran como el humo del cigarrillo: efímeras, bonitas, pero se desvanecían al menor soplo de realidad.
Decidí dejarte de hablar de nuevo. Darnos un tiempo. Eso era lo que necesitábamos, o al menos eso me repetía a mí misma, intentando creer en una lógica que mi corazón no entendía.
Enero 2026:
Volvimos a hablar en enero. El ciclo infernal no tenía fin. Pero la conversación se estancó en el mismo punto. Me pediste que te esperara dos meses más. ¿Dos meses más? Si te había esperado todo el 2025, un año entero en el que mi vida se había desmoronado entre adicciones y autolesiones, un año en el que me había perdido a mí misma buscando un camino de regreso a ti.
Dije que no. No podía seguir así. La voz me tembló, pero la convicción era férrea. No más. Me alejé por completo, cortando los lazos, convencida de que era la única forma de salvar lo poco que quedaba de mí.
Febrero 2026
No había pasado ni un mes de mi decisión. No había pasado ni un mes desde tus promesas de cielo, mar y tierra. Y entonces, la noticia. El campamento de Scout. No necesité verlo con mis propios ojos, la imagen se grabó a fuego en mi mente. Apareciste con la misma niña de antes.
Me derrumbé. El mundo se hizo añicos a mi alrededor. La traición, el desengaño, el dolor. Todo se mezcló en un cóctel amargo que me llevó de nuevo a las sustancias. El cigarro en mis dedos, el polvo en la mesa. La necesidad de anestesiar, de borrar, de no sentir.
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