hay días en que uno cree que ya pasó, que esa versión tuya quedó atrás, archivada en alguna etapa oscura que juraste no volver a visitar. y después algo sale mal. algo pequeño incluso. una palabra dicha en el momento equivocado, un silencio que pesa demasiado, una reacción que sabes que no fue la correcta. y de repente todo vuelve.
no es inmediato. primero es una incomodidad rara, como cuando sabes que hiciste algo mal pero todavía intentas convencerte de que no fue tan grave. después llega la culpa. esa culpa pesada que se instala en el pecho y empieza a repetir la escena una y otra vez, como si tu cerebro quisiera castigarte reproduciendo cada detalle hasta el cansancio.
y ahí empiezan las noches malas.
acostarse se vuelve difícil porque sabes que dormir no significa descansar. significa cerrar los ojos y dejar que la cabeza haga lo que quiera contigo. das vueltas, miras el techo, revisas el celular sin leer nada realmente. y cuando por fin logras dormir, aparecen las pesadillas. no necesariamente monstruos ni cosas irreales, sino sensaciones: perder a alguien, arruinarlo todo otra vez, quedarte solo con lo que hiciste mal.
despiertas helado, temblando, con esa sensación horrible de no poder moverte ni hablar, como si el cuerpo estuviera atrapado mientras la mente sigue corriendo. y solo queda llorar en silencio, esperando que pase. esperando que el corazón deje de latir tan fuerte.
lo peor es reconocer ese estado. darte cuenta de que ya lo conocías. que no es algo nuevo, que es un lugar mental al que tu cabeza sabe volver perfectamente cuando algo duele demasiado. como si esas crisis nunca se hubieran ido realmente, solo estaban esperando una excusa para regresar y volver a sentirse parte de ti.
y aparece el pensamiento más difícil: saber que lastimaste a alguien que amas.
no hay forma de llevar eso. no existe manual para manejar la culpa cuando sabes que tus palabras o acciones tuvieron peso real en otra persona. uno quiere arreglarlo todo al instante, retroceder el tiempo, borrar lo dicho. pero el tiempo no retrocede y la incertidumbre se vuelve insoportable.
empiezas a pensar que quizá el problema no fue el momento, ni la situación, ni el error puntual. quizás el problema eres tú. porque si realmente fueras una buena persona, no habrías dicho eso, no habrías reaccionado así, no habrías hecho daño en primer lugar.
y entonces todo lo bueno que tienes empieza a sentirse ajeno. el cariño que recibes parece un error, como si la gente estuviera viendo una versión tuya que no es real. como si en cualquier momento fueran a darse cuenta de cómo eres de verdad y simplemente dejaran de quedarse.
aparece esa idea de que no mereces lo que tienes. Ni el amor, ni la paciencia, ni las oportunidades, ni a las personas que siguen ahí incluso cuando tú mismo sientes que no deberías estarlo.
y la culpa deja de ser solo por lo que pasó. se transforma en algo más profundo, más incómodo: la sensación de ser alguien que siempre termina arruinando las cosas, alguien que inevitablemente lastima aunque no quiera.
es agotador vivir con el miedo constante de volver a fallar, medir cada palabra, cada gesto, cada reacción, pensando que quizás lo mejor que podrías hacer por los demás sería no equivocarte nunca más… o desaparecer para no seguir dañando nada.
y te quedas ahí, atrapado entre querer ser mejor y sentir que ya es tarde, que tal vez algunas personas merecen una versión de alguien que tú no sabes cómo ser.
Comments
Displaying 0 of 0 comments ( View all | Add Comment )