02/05/26
Es de madrugada. El soplo de la brisa hace bailar mis cortinas, y un tenue haz de luz tiñe de azul los muros de mi habitación.
Una súbita claridad perturba mi sueño y aqueja mi pensar. Mas no la deseo, pues a ningún sitio he logrado llegar por los caminos de la razón.
Me he abandonado a mí mismo, como un mísero perro.
Voluntariamente sometí mis castigadas pieles, y el alma que en ellas yace presa, a innumerables vejaciones.
Me he dejado acariciar profanamente por una treintena de dedos calciques, provenientes de rostros añejos, mermados por la podredumbre de sus haberes.
Ingenuamente, he hecho de los vicios mi más íntimo confidente.
Me dejé seducir por los excesos; del aliento a ron hice mi compañero.
La peste del tabaco impregna el cuero y la mezclilla de mis prendas a cada paso. Y ahora no sé cómo sentir dicha sin la necesidad de estar ebrio.
Mas una sola cosa es cierta: me lo he hecho yo mismo.

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