De nuevo la culpa me consume. Con gracia, corroe mis ojos con mis ácidas lágrimas, desgarra mi paz y me apuñala cruelmente con las memorias de una corrupción motivada por algo más que el deseo.
El recuerdo de su tacto me abruma con el más grotesco aroma a soledad y su voz me atormenta con los más bellos suspiros.
Con esperanza, sigo a la espera de una carta en la que confiese su pasión y su perdón, pero nuestras llamas parecen no penetrar en su capilla, aquella que construyó con los libros en los que me confinó.
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