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Día 13
Justo ahora me siento como un venado cayendo en la misma trampa de siempre.
En el mismo hoyo del que logré salir la última vez. No es agradable.
Parece que, en el bosque, la niebla puede volverse muy densa. Tan densa que, aunque quieras salir de ella, no encuentras un camino que te lleve hacia un lugar donde haya luz. En el camino a la liberación hay ramas que te hacen tropezar, espinas que te rasgan, ruidos que te asustan, figuras que te observan y rocas filosas que lastiman al pisar.
Es como si atravesara todo ese bosque en ruinas descalza. Como si no trajera nada sobre mi piel que me protegiera. Como si estuviera desnuda ante el peligro.
Quiero huir de allí, pero hay un muro gigante frente a mí que no me deja salir.
Parece que tomé el camino equivocado.
Volteo hacia todos lados, buscando desesperadamente una salida, pero parece que los muros se cierran sobre mí.
¿qué está pasando?
¿por qué me pasa esto?
Llega la noche y la luna se cierne sobre mí. Hay luz, pero aun así no sé cómo lograr salir. La luz es tan escasa que no alcanza para encontrar algo que me ayude a ser libre de este lugar.
El frío penetra en mis huesos y me recuerda lo descubierta que estoy, lo vulnerable que me siento. Siento cómo cada extremidad de mi cuerpo se congela poco a poco, sin poder hacer nada para detenerlo, sin poder encontrar un refugio cálido que me ayude a soportar la tormenta.
Grito con todas mis fuerzas para que alguien me ayude, pero parece que no hay nadie.
¿por qué nadie viene a mi rescate?
¿no han notado mi ausencia?
Logro encontrar un arbusto para evitar el frío, pero parece que está lleno de espinas. Me lastiman al principio, aunque aun así me quedo detrás de él.
Con el paso del tiempo noto algo extraño: el dolor comienza a volverse familiar. Mis brazos parecen acostumbrarse a sentir esas espinas rozando la piel, como si mi cuerpo hubiera aprendido a ignorarlas.
Bajo la mirada hacia mí misma y lo que encuentro no es esperanzador. Mi cuerpo está cubierto de señales del camino que he atravesado. Desde cuándo dejé de sentir todo eso.
¿Será porque pasé tanto tiempo soportándolo que ahora ya me acostumbré?
El frío empeora aún más y el arbusto ya no es suficiente para detenerlo. Empiezo a ver sombras a mi alrededor. Una de ellas llama mi atención.
La observo fijamente hasta que la figura se revela.
Es una chica. Su aspecto refleja cansancio y dolor, como si hubiera pasado demasiado tiempo luchando contra algo invisible. Sus ojos están llenos de lágrimas y su mirada parece perdida.
Sus lágrimas comienzan a caer y forman un lago frente a mí. En sus aguas claras puedo ver un reflejo.
Y entonces lo entiendo.
No es una simple sombra.
Era yo.
Me estaba viendo a mí misma en ese momento.
Empiezo a llorar. Aquella figura nunca fue una extraña presencia en el bosque; era la representación de mis propios pensamientos, incluso de mis propios actos.
La luna comienza a brillar con más intensidad sobre nosotras. Su luz cae suavemente sobre las dos figuras, como si mostrara una especie de misericordia silenciosa. Es como si supiera lo que está ocurriendo en ese instante, como si sintiera tristeza por la persona que está entre los riscos intentando huir de sí misma y esconderse del frío que eso provoca.
Levanto la mirada hacia el cielo y parece que la luna tiene ojos.
Unos ojos llenos de tristeza.
Por un momento juraría que también está llorando.
Vuelvo a mirar a mi sombra y noto que tiene la misma expresión.
¿por qué me miran así?
Bajo la mirada hacia el lago y observo mi reflejo otra vez. Mis ojos han cambiado. Ya no tienen el brillo de antes.
El aire se vuelve pesado.
De pronto vuelvo a mirar a mi alrededor y algo cambia.
Ya no estoy entre los muros del bosque.
Estoy en mi habitación.
Una habitación fría y oscura.
¿Era solo un sueño?
El silencio lo llena todo.
La ventana está abierta y la luz de la luna entra lentamente en la habitación.
Siento un dolor que me recuerda lo frágil que soy.
Mi primer pensamiento es buscar a alguien. Intento encontrar a mi madre, pero no la veo en ningún lado. Quiero pedir ayuda.
Esta vez, parece que alguien escucha.
La puerta se abre de repente y mi madre entra corriendo a la habitación.
Alzo la mirada hacia la ventana.
La luna sigue allí, observando en silencio.
¿fuiste tú?
¿tú escuchaste mis plegarias?
Tal vez lo hiciste.
Tal vez solo no pudiste hacer más.
El cansancio me invade lentamente, como si todo el peso del bosque hubiera caído sobre mí.
Y siento que me hundo en un sueño profundo.
Uno del que temo no despertar esta vez.
-f.c

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