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Category: Writing and Poetry

Pequeña memoria

Pequeña memoria

Este fue un ejercicio que hice con una amiga donde ella me dio palabras al azar que debíamos agregar orgánicamente a alguna creación. A mí me salió esta memoria. Ojalá la disfruten :-)

Tengo un recuerdo de mi padre que vuelve igual que una ola. Estamos en la playa de El Quisco, el sol se está escondiendo y él corre a sacarse la polera mientras grita que es el momento indicado para bañarse en el mar, porque el agua está calentita. Yo me río y aunque en principio lo dudo, encuentro que tiene toda la razón, porque es mi padre, y los padres saben mucho. Él se arroja al agua, salpica hacia todos lados y sale por entre la espuma con el sentimentalismo de un niño con juguete nuevo. Yo lo miro. Lo extraño. No sé por qué, pero lo extraño.

Me siento entre los escombros de la arena. Veo el sol desaparecer. Toco los granos, la escoria oculta debajo del piso, y me pregunto cuánto tardará mi padre en salir y darse cuenta de que en la orilla me estoy muriendo de frío. No digo nada. No reclamo. Simplemente lo observo nadar y perderse en el océano.

Es la última vez que recuerdo haberlo amado.

La última vez que su presencia me trajo paz.




El día de la muerte de mi padre estoy sola en mi casa. Es un llamado el que me sacude. No me lo dicen de inmediato, pero apenas veo el nombre de mi tía en el remitente, lo sé. Lo sé porque he imaginado este momento tantas veces que se ha transformado en un recuerdo, y en él, me siento igual que ahora: con la ausencia de su nombre quebrándome las costillas y agarrándome de la garganta para que lo mire a los ojos. Que vea a la cara al hombre que abandoné, que me abandonó, y continúe atreviéndome a odiarlo.

Pero la sensación se disipa. Corto. En principio creo que no siento nada más; estoy bien. Camino tres pasos y pienso “Bueno, era obvio que esto iba a pasar, pero ya está, no lo veo desde hace diez años, qué me importa”. Entonces, llego al sillón, me siento, y en dos segundos estoy doblada a la mitad con una mano en el plexo mientras intento que me pase el aire. Y respiro. Respiro. Respiro. Respiro pero no puedo exhalar, y no sé qué me pasa dónde estoy dónde está él por qué siento tanta vergüenza de extrañar a un hombre así por qué quiero que él me salve si fue él quien me hundió y quéhagodóndecorrodóndemeescondoNOPUEDO.

Algo bulle en mis entrañas con la efervescencia de una Coca-Cola recién botada al suelo. Y veo esa misma botella en la mesa, la que a él le encantaba. Quisiera sacarme ese conocimiento de la cabeza, este latido de la garganta, poder hacerlo un extraño y no el crujido que atraviesa mi corazón cada vez que un hombre no me elige, cada vez que alguien decide no amarme. Quisiera que Dios me otorgue la misericordia de que su muerte no signifique nada.

Pero eso no pasa, no importa cuánto le ruegue a Dios que me haga indiferente, eso no pasa. 

En cambio, tengo que aceptar volver al pasado.

Pasar por la mutilación de su memoria.

Y tratar de encontrarme ahí.




En su funeral hay flores blancas y muchas viudas no reconocidas.

La gente me mira; los escucho susurrar como si yo fuera la hija pródiga que vuelve a un hogar abandonado. Mi mamá me protege, pregunta si quiero acercarme al cajón, y a pesar de tener miedo, le digo que sí. No sé si la concreción de su muerte me destruirá más o me sanará, y me aterra averiguarlo.

Y aun así, voy igual.

El camino al cajón es largo. La gente me detiene para darme el pésame; todos siguen la misma pauta. Ayudándote a sentir hijita querida, nosotros conocíamos de cerca a tu papá, qué bueno que viniste, él te quería mucho, te amaba, hasta el último día se preocupó por ti.

Yo quiero morderlos. A ellos. A los alambres de las decoraciones. A mí. Qué va a saber de amor ese hombre, qué va a saber de quererme. Y qué mierda saben ellos. No tienen ni idea de que nunca me llegó un regalo. Que él se daba los medios banquetes y salía de allá para acá, ¿y yo? ¿Qué pasaba conmigo? Si me cagaba de hambre, si me faltaba para el uniforme del colegio, para cargar el pase, no era su problema. Sí, dejó de tener para comer cuando se enfermó, pero eso fue al final. Antes yo importaba una huea. Siempre importé una huea hasta que se dio cuenta de que se iba a morir feo, viejo y solo. Ahí se deprimió, ahí se dio cuenta de que la cagó, y aún así nunca recibí ni unas disculpas. Y me importa un pico lo que me digan, que cuando me perdió, él perdió las ganas de vivir, que sintió espinas enterrarse en cada costado. Mira la hueá estúpida. Por qué nunca hizo nada, entonces. Nunca intentó; se quedó acostado en su pieza rascándose la guata y lamentándose igual que los sauces sin preocuparse de si mi vida estaba siendo amena o no; si lo que me hizo no me desarmó en distintas partes irreconciliables entre sí.

Qué mierda saben ellos.

Llego al cajón. Lo miro. Veo su rostro pacífico. Pienso: Explíquenme qué mierda saben ellos.

Y qué mierda sé yo, también.




Su muerte lo ha transformado en un santo. Desentierro los momentos donde no fue tan malo y me convenzo a mí misma de que es tiempo de perdonarlo, porque no tiene sentido guardarle rencor a un cadáver. 

Y aun así, hay noches en las que sueño con sus manos afiladas, el olor a vómito y esa constancia en Carabineros que mi mamá retiró. Hay días en los que llegan pequeños destellos de sus ojos rojos, y su voz diciéndome que era una malagradecida. Qué fácil ha sido para los demás olvidarse, qué fácil ha sido justificarlo y enviarle saludos al cielo. Qué cruel me hacen sentir sus palabras.

No soy capaz de otorgarle clemencia, no soy capaz de olvidar el peso de sus brazos, la figura de su palma, la risa que hace eco en las paredes de mi pieza donde alguna vez él me castigó. No soy capaz y no sé tampoco cómo perdonarme por eso.




Y lo extrañé, por supuesto que lo extrañé; todas las hijas extrañan a sus padres. Crecí esperando que alguna vez me mirara como quien mira algo valioso, pero no el del final, sino ese que se sentaba conmigo en el sillón a ver tonteras y me alababa por la astucia de mis chistes sobre hipopótamos. Crecí añorando el calor de un hombre imaginario.

Quisiera que alguien me diga qué hago con eso. Todos hablan de él, de su alegría, de lo buena persona que era. Me pregunto por qué yo nunca conocí ese lado suyo, por qué conmigo fue diferente. Quiero al padre que mis primas tuvieron, al hombre que mis tías lloran, a la persona que mi abuela defiende. Quiero ser capaz de abrir mi corazón y alojar ahí al ser ficticio que siempre soñé que fuera, poder hablar de él como quien habla de su pertenencia a una tierra. ¿Qué hago con el apego que tengo a esos retazos inventados?, ¿esos donde me hacía reír y jugar y saltar? ¿Qué hago con todo el resentimiento que envolvió a la compasión?, ¿qué hago con la rabia? Deseo no tenerla, que se hubiera esfumado junto a él. 

Más que nada, desearía que hubiera sido un papá, y no un desconocido que me prestó su costilla.




A veces recreo el escenario de su muerte. 

Lo veo a él, tambaleándose en el pavimento lleno de latas y plástico. Veo a la luna como la única testigo. Me imagino su cuerpo, antes macizo como el de un oso, caer ahora con la liviandad de una moneda.

En mi cabeza detallo los ojos que dejé de ver a los once, esos mismos que me heredó, e imagino la luz abandonándolos a medida que repasa sus errores, arrepentimientos y festines. Lo veo pidiendo ayuda, revolcándose, colocando una mano en el corazón mientras se queda duro igual que los perros guachos con el frío de tierras ajenas.

Nadie lo ayuda.

Nadie lo salva.

Profanan su cadáver y lo dejan desnudo para que lo encuentren a la mañana siguiente.

De todas las muertes que pensé que tendría, esta no era una de ellas. Y como parece tan falsa, no deja de perseguirme para pedirme que la mire y que la toque; que la sujete y la reconozca como si fuera mi primer hijo. Siento su ausencia en mi columna, hablarme a la espalda, perseguirme de reojo. Vuelve a mí y quisiera que alguien, cualquiera, me diga los pasos a seguir con la mano que me aprieta las mejillas para obligarme a regresar a ese día donde perdí lo último que me ataba a la infancia.

Que me obliga a mirarme al espejo.

Y ver en mi rostro al que se supone que debía amar.




Me encontré a mi abuela en la micro. La luz de su cara al verme solo podía ser comparada a la que entrega un candelabro con una sola vela: tenue y poco favorecedora. Nunca fue muy agraciada, y las líneas de su rostro curvándose hacia abajo acrecentaron sus rasgos toscos. Apenas me puso la mejilla para saludarme. Apenas me reconoció. Asintió y se dio vuelta para seguir conversando con otra señora sobre las papas y los huevos y el frío que hace padrecito santo.

No la culpo, pero tampoco empatizo con ella. ¿Cómo podría, después de que inventó tantas cosas sobre mí? Que era una scort, una levantada de raja, una pobre y triste pendeja hueona que escuchó de más a la bruja de su madre y no a su pobre hijo, tan amado y extrañado por todos.

Si soy honesta, verla hizo que bullera dentro de mí un enojo que llevaba demasiado tiempo congelado. Y ese ardor fue tan fuerte que me provocó un mareo y me obligó a apretar los dientes. Qué se creía la vieja de mierda al no verme como sangre de su sangre. Qué se creía al hacerme la desconocida. Nunca me hizo falta por penca, por mala. Y sabe qué, qué bueno que su hijo se murió, qué bueno que ya no tortura a nadie, su funeral debió haber sido un festejo para muchos porque si mi papá era malo, fue por su culpa. Ella lo crió. Y lo crió como el hoyo. Ahora se hace la ofendida. Vieja hueona. Si hubiera hecho bien su pega, él habría tenido una madre y yo un padre, y nada de esto nunca hubiera pasado.

Cuando se baja de la micro, no la miro. Ella tampoco me mira.

Una parte de mí añora que sea la última vez que nos encontremos.




No sé si lo perdonaré algún día, tampoco si lograré olvidarlo. He perdido a otras personas a lo largo del camino, gente que he visto más, y más recientemente, y esos rostros ya se desdibujan en mi cabeza; no podría dibujarlos de memoria.

A él sí. Hasta puedo ver su cara de moribundo: las cejas agarrotadas, la boca fruncida, la nariz espinosa deformada en una mueca de dolor. Puedo ver su taciturno ojo observarme por la esquina mientras sonríe y susurra No te voy a dejar jamás te vas a escapar de mí yo te voy a penar nunca te vas a sacar este sabor metálico de encima.

Pero también lo veo debajo del agua, con sus mejillas infladas y las pestañas apelmasadas por la sal del mar. Lo veo empujarme con su guata tremenda a la piscina para jugar conmigo. Soy capaz de tararear su risa y de calcar su olor en un perfume. 

No sé si la clave sea olvidarlo. Tal vez no.

La clave es aceptar lo que fue. Lo que es. Lo que ya no va a ser.

Y vivir desde ahí.



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