Mi sentir sobre marzo
Odio marzo. Siempre es el mes que siento con la vibra más pesada; el mes donde me atacan los malos pensamientos, donde sufro ataques de ansiedad y me sofoco por el calor. Es cuando siempre termino llorando y donde más recuerdos se acumulan.
Sé que es el mes de mi cumpleaños, pero ¿cómo se supone que voy a celebrar y sentirme bien cuando también era el mes de mi mami Juana y de mi papá? ¿Cómo voy a estar feliz si antes me emocionaba con ellos e incluso practicábamos bailes porque me prometieron estar conmigo cuando cumpliera mis quince años, y ni siquiera llegaron a eso?
Es muy difícil pasar de las sonrisas, los gritos, la música y la comida en abundancia —porque éramos muchos— a ser solo unas cuantas personas. Siempre que me obligan a tener una fiesta y los veo a todos, siento que falta algo importante. Los extraños a todos; extraño incluso el olor al cigarro de mi tía Tacha, ver cómo bebían, escuchando a mi abuelita cantar o hasta los corajes de mi tía Susi.
A veces simplemente extraño sus abrazos. Aunque sé que la vida sigue, no puedo evitar llorar y pensar qué hubiera pasado si nada de esto hubiera sucedido; si todos seguimos juntos como una familia, sin tener que despedirnos de nadie. Desearía que los cumpleaños siguieran siendo en casa de mi mami Juana o con mi abuelita, en lugar de tener que visitarlos en un panteón donde ya no pueden comer, donde no puedo comprarles un pastel ni, simplemente, abrazarlos.
Por eso odio marzo. Lo odio con todo mi ser, porque también sé que algún día tendré que despedirme de los demás, o ellos de mí, ya alguien más le va a doler tanto como a mí. No quiero que sufran así. Tal vez estoy pensando demasiado las cosas, pero así es como me siento: para mí no hay razón para festejar si nada es igual.
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