Hace años te conocí.
Tan atrás en la cronología del universo que ya no conservo archivo alguno de tu voz.
Mucho menos del trazo de tu rostro.
Sólo poseo la interrogante donde estuvo tu nombre.
Conservo la manía de vigilar determinadas esquinas.
El tic de girar la cabeza cuando alguien exhala un aroma que se parece al que tú no tenías,
al que quizá jamás tuviste,
al que yo fabriqué para concederle materia a la memoria.
Qué desmesura.
Recordar apenas tu fecha y permitir que eso desate un llanto.
Saber vagamente que exististe y asumir que tal vestigio legitima este dolor actual,
este dolor perpetuo,
este dolor sin caducidad porque jamás tuvo origen fechado.
Te manufacturo en la vigilia nocturna.
Te adjudico palabras que no pronunciaste,
ademanes que no ejecutaste,
afectos que no me ofreciste.
Y lloro.
Lloro como si fuera verdad.
Como si el llanto por una ficción no fuese la forma más auténtica del llanto.
Intento colmar tu vacío con multitudes.
Personas que atraviesan la puerta ignorando que son evaluadas.
Personas que hablan y en su timbre escucho tu resonancia.
Personas que tocan y en el tacto percibo tu falta.
Personas que permanecen y a quienes les digo:
su sitio les queda excesivo.
Porque tu sitio es inconmensurable.
Porque tu sitio mide lo que no fuiste,
lo que no fuimos,
lo que no se atrevió a nacer entre nosotros.
Eres vasto.
Vasto como la pregunta que hace años no formulo y que sin embargo prospera,
adquiriendo una mancha.
Regresa.
Lo imploro sabiendo que es imposible.
Lo imploro sin saber a quién imploro.
A la versión tuya archivada en el cajón de la mesita de luz.
A la versión tuya que se diluye en la lluvia contra los vidrios nublados.
A la versión tuya que inventé para subsistir a tu partida,
aunque nunca supe cuándo partiste,
ni si estuviste,
ni si yo estuve donde debía para que eso que llamamos “nosotros”
adquiriera estatuto en el mundo tangible.
Contigo podía fabular.
Eso eras: potencialidad pura.
La puerta hacia un territorio ausente de cartografía.
Promesa de que el mundo era más extenso de lo que me habían permitido creer.
A tu lado los colores adquirían sabor.
Los días se desordenaban y se recomponían según secuencias que sólo nosotros comprendíamos,
o que yo creí que comprendíamos,
o que yo comprendía sola mientras tú orientabas la mirada
hacia otro porvenir,
hacia otra figura que no era yo
pero que yo creía encarnar cuando estaba contigo.
Sentía que todo era realizable.
Esa era la trampa.
La forma más pulida del engaño:
no mentirme,
sino persuadirme de que yo mentía,
de que exageraba,
de que deliraba despierta,
de que confundía la amistad con otra cosa,
la cortesía con otra cosa,
la duración compartida con otra cosa.
Me instruyeron en la sospecha de mí misma
y así te convertiste en exceso,
en fantasía,
en rubor innombrable.
Pero ahora, años después.
Ahora que el tiempo no es tiempo sino acopio de gestos que no realicé contigo.
Ahora que los años son cajas de cartón repletas de imágenes donde apareces de soslayo,
en los márgenes,
en el fondo,
siempre a punto de desertar del encuadre.
Ahora que aprendí a llamar a las cosas por su denominación verdadera.
Concluyo que jamás me aparté.
Que permanezco allí, en aquel entonces,
en ese sitio abolido,
con esa persona que ya no soy,
aguardando lo que no adviene.
Que cada vez que pronuncio tu nombre lo hago en presente.
Que cada vez que narro la historia la narro como si ocurriera todavía.
Que mi vida es una habitación
tu sigues sentado en la silla del rincón,
aunque la silla esté vacía,
aunque el rincón sea otro,
aunque la habitación sea un pasillo,
una calle,
el fondo de mi garganta cuando trago sin saliva.
Nunca me aparté.
Me quedé en el punto donde tú me dejaste,
o donde yo te dejé,
o donde el tiempo nos dejó sin testigo del abandono.
Crecí hacia arriba,
hacia los costados,
hacia dentro,
pero no hacia adelante.
No hacia donde fuiste.
No hacia donde debí haber ido.
Y ahora te escribo esto que no es carta porque carece de destinatario.
Que no es poema porque rehúsa la forma.
Que no es elegía porque desconoce el consuelo.
Te escribo esto que es lo único que poseo:
la reiteración.
El retorno al mismo punto.
La certeza de que cada palabra ya fue escrita,
en otra noche,
con otra tinta,
para otra versión tuya que también inventé,
que también perdí,
que también lloro en fechas que no te pertenecen,
en rostros que no son los tuyos,
en voces que jamás fueron las tuyas
pero que escucho y digo:
sí, así sonaba.
Así sonaba cuando todo era posible.
Cuando yo era real.
Cuando tú eras real.
Cuando éramos.
Hace eras te conocí.
Fue ayer.
Es ahora.
Será siempre.
La voz se extravió.
El rostro se borró.
Pero la cifra de esta ausencia,
la arquitectura precisa de no tenerte,
permanece.
Eso es lo único que conservo.
Eso es lo único que eres.
Qué desmesura, ¿no?
Llorarte así.
Inventarte así.
No soltarte así.
Pero tu lugar es excesivo.
Los demás no alcanzan.
Y yo no sé dilatar mi cuerpo para ocupar el espacio que dejaste.
Y tú no regresas.
Y yo persisto en el tiempo de atrás,
en el tiempo inmóvil,
en el tiempo que es pura repetición
de esta misma frase,
de este mismo llanto,
de este mismo nombre pronunciado en voz baja,
inaudible,
imposible,
persistente.
Así fue.
Así es.
Así será.
La pesadez de lo incorpóreo.
La quietud de lo que jamás se movió.
Hace eras te conocí.
Te conozco.
Te conoceré.
En esta versión nocturna que fabrico cada vez que alguien huele casi como tú,
casi como yo creí que olías,
casi como el perfume de la posibilidad,
del umbral,
del país inexistente
que contigo —sólo contigo—
creí habitar.
Comments
Displaying 0 of 0 comments ( View all | Add Comment )