La verdad, nunca me sentí completa.
Hay pequeños días,
en los que el espejo me concede tregua,
en los que me deja verme bonita,
lo suficiente
como para creer que alguien, por fin,
podría mirarme,
aun si no estoy completa.
Y quizá por eso
tampoco nunca me sentí brillante,
ni confié del todo en mi mente
sin ordenarla antes,
como si pensar libremente
fuera un privilegio
que aún no me ganaba.
Con el tiempo aprendí a hacerme pequeña,
para no incomodar,
a callar lo que siento,
por asumir que no lo merecía.
Reducirme parecía más seguro
que pedir espacio.
Así empecé a mirarme como un borrador,
como si siempre faltara corregirme algo
antes de merecer atención.
Y aun así amé,
sin instrucciones,
con torpeza, pero de verdad,
dejando partes de mí
en manos que ya no están.
No me rompieron de golpe.
Fue despacio,
a fuerza de dudas,
de silencios que pesaban más
que cualquier rechazo.
Y aun así sigo aquí,
con el corazón intacto,
preguntándome en qué momento
confundí mi valor
con no haber sido suficiente para nadie.
Comments
Displaying 0 of 0 comments ( View all | Add Comment )