cap 1:
Sol en la ventana.
La mañana era el único amigo de Chuuya, así se lo habían inculcado desde antes de que empiece a hablar. El sol rozando gentilmente su mejilla cada vez que se despertaba parecía ser el único contacto que necesitaba.
Su primer recuerdo comienza a sus cinco años. Estaba corriendo entre los pasillos del palacio, hasta que escuchó la voz de su padre, Verlaine, susurrando detrás de una puerta a medio cerrar.
—No puedo dejar que se lo lleven... No puedo permitir que me deje como tú lo hiciste —su voz, apenas un susurro, era constantemente interrumpida por su llanto. En su mano una foto de una mujer. Chuuya sin necesidad de verla ya sabía a quién le hablaba, a su difunta madre.
No sabía mucho de ella, no por falta de interés, simplemente no quería ver a su padre con una mirada melancólica. Todo lo que sabía era por los susurros del pueblo; la oscuridad, ellos la habían matado.
Él siempre se sintió atraído a la noche, como si la luna lo llamara o aquel bosque que tantas veces le habían dicho de no ir, aunque nunca le hayan dicho el porqué.
A los ocho empezó con su "rebeldía" que lo caracterizaría en la adolescencia. Luego de tantas preguntas sin respuestas y la noche que susurró su nombre no vio otra opción, más que salir.
Sus pies descalzos sobre el pasto junto a la brisa y la luz de la luna golpeando su cara iluminó sus ojos de una manera que el sol nunca pudo. Su pequeño cuerpo, aunque asustado, estaba lleno de adrenalina. Toda su vida le enseñaron a temer a las penumbras que traía la falta de sol, y lo estaba, tenía miedo, pero el movimiento de las ramas de los árboles parecía deletrear su nombre, no podía evitar, más que seguir caminando en dirección del bosque, como si toda su vida hubiera estado esperando para ese momento.
Al entrar, la foresta que de día se veía tan inofensiva ahora daba miedo, oscuridad cegadora, crujidos de ramas y árboles que te hacían dudar si estabas caminando en círculos. El pequeño se agarraba fuertemente de la punta de su pijama, observando los alrededores y tratando de no llorar, cada ruido desconocido lo hacía dar pequeños saltos, quería correr en dirección al palacio, pero para ese entonces ya no sabía dónde estaba.
Paró de caminar cuando notó que adelante suyo había un pequeño río, miraba el agua correr, quería pasar, lo que sea que lo estaba llamando estaba detrás de ese río, pero sabía que sería arriesgado.
Se agachó, pensando en poner el primer pie en el agua con cuidado para no resbalarse, pero cuando lo iba a hacer escuchó una voz detrás suyo.
—Yo si fuera tú no haría eso —murmuró una voz, resonaba por todos lados.
—Q-quién dijo eso... —exclamó Chuuya, dándose una vuelta tan rápido que parecía que se iba a caer. Tenía sus orejas de punta.
Por un momento pensó que simplemente había visto muchas películas de terror y se había imaginado aquella voz por lo tanto que se prolongó el silencio, hasta que volvió a hablar.
—Aquí, pequeño —ahora el sonido venía desde arriba de él. Al levantar la vista vio a un chico que no parecía más de veintitrés años, pelo marrón desprolijo cayendo por su cara, una sonrisa burlona y una piel tan pálida que parecía brillar ante el roce de la luna. Aun así, lo único que le llamó la atención al lobo fue la falta de orejas y sus ojos carmesí. El desconocido se bajó del árbol y volvió a hablar—. Eres tan enano como los rumores decían.
Las orejas de Chuuya se bajaron por instinto.
—Soy joven... Voy a ser más alto que usted algún día, señor. —el más alto no pudo evitar empezar a reírse— ¡Lo digo en serio! Voy a serlo.
—Eres un cachorro después de todo, muy inocente todavía —dijo entre risitas. Despeinó al menor, sin querer rozando sus orejas en el acto.
Chuuya se alejó, cubriendo sus orejas un poco avergonzado. El sin nombre se sorprendió ante tal acto.
—Mi papá dice que no debo dejar a nadie tocarlas, que somos sensibles ahí.
—Perdón enano, tu papá debe tener razón.
Chuuya frunció el ceño ante el apodo, iba a reprochárselo, pero su mirada estaba fija en la cabeza del mayor. No tenía orejas. Ladeó su cabeza a un costado y observó lo que también sospechaba, tampoco tenía cola. De repente el miedo de Chuuya volvió, ahora que veía al extraño bien no solo no tenía aquellas características tan importantes, sino que también sus ojos carmesíes daban miedo... Sin hablar de los dientes tan afilados que se le asomaban de un costado.
Quería retroceder, pero bien sabía que si lo hacía caería al río y vaya a saber qué le podría llegar a pasar.
—... Usted no parece un lobo, señor. —el contrario ofreció una sonrisa burlona a cambio.
—Y tú tampoco, tu cola es tanto naranja como blanca, eso no es de un lobo común.
Chuuya bajó la mirada, instintivamente, hacia su cola. Nunca le habían dicho que eso fuera extraño. Nunca se había detenido a pensarlo. El desconocido ladeó la cabeza, como si esperara una reacción distinta.
—No... —murmuró—. Mi papá dice que es así.
—Claro que lo dice —respondió el otro, con una sonrisa ligera—. Los padres suelen explicar lo que no quieren que sus hijos cuestionen.
Dio un paso más cerca, sin prisa.
—Pero tú lo sientes, ¿no? —continuó—. Que no encajas del todo. Que la luz te queda pequeña.
Chuuya alzó la vista, con el ceño fruncido.
—Usted tampoco encaja. No tiene orejas ni cola.
La risa del desconocido fue suave, casi divertida.
—Eso es cierto —admitió—. Y, aun así, estoy acá.
Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando el peso en una sola pierna, como si la situación le resultara curiosa más que peligrosa.
—¿Sabes qué es lo que más delata a alguien que no encaja? —preguntó—. No es lo que le falta... sino lo que atrae.
Chuuya no respondió. Sus orejas seguían bajas, atentas a cada sonido.
—La noche te escucha —continuó el otro—. Por eso viniste. No porque seas valiente... sino porque eres honesto.
—Yo no tenía que salir —murmuró Chuuya—. Me dijeron que no lo hiciera.
—Claro que sí —respondió con ligereza—. Siempre dicen eso cuando algo importante está esperando afuera.
El río murmuró a sus espaldas, constante, paciente.
El desconocido dio media vuelta y se sentó sobre una roca cercana, dejando que el silencio se acomodara entre ambos.
—No te voy a pedir que cruces —añadió, como si leyera sus pensamientos—. No todavía.
Chuuya levantó la mirada, sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque todavía estás creciendo —dijo—. Y porque algunas cosas, si se tocan demasiado pronto, se rompen.
Apoyó el mentón en la mano, observándolo con una atención tranquila.
—Pero necesitaba verte —confesó—. Saber que existes de verdad.
—¿Para qué?
—Para cuando llegue el momento —respondió—. Para que no dudes cuando vuelva a llamarte.
Se puso de pie y dio un paso atrás, adentrándose en la sombra de los árboles.
—Regresa a casa, cachorro —dijo—. Guarda esta noche. Te va a hacer falta.
Antes de desaparecer, añadió con ligereza:
—Y no te preocupes tanto por tu cola. A mí me falta más que eso, y sigo funcionando bastante bien.
El bosque volvió a llenarse de sonidos, como si el mundo volviera a respirar luego de que él se fuera.
—Ni siquiera me dijiste tu nombre... —murmuró con un puchero.
Chuuya se quedó quieto un largo rato, mirando el lugar donde había estado el desconocido. No cruzó el río. Pero cuando regresó al palacio, con el primer sol asomando en el cielo, supo que algo había cambiado. La noche ya no era solo un llamado. Era una promesa.
Volvió a su casa, intentando no hacer ni un ruido. Se acostó en la cama y se acurrucó con la mirada puesta en la ventana, deseando que los últimos rayos de la luz de la luna le dieran en la cara.
Verlaine, al día siguiente, encontró a un Chuuya acostado en la cama, boca ligeramente abierta y cuerpo con ligeros espasmos. Tenía fiebre.
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