Drácula: A Love Tale es, sin exagerar, una película bellísima.
Cada plano parece una pintura antigua: los colores, los vestuarios, la atmósfera, la forma en que el deseo y la tragedia se miran a los ojos. Todo seduce y todo promete.
Y sin embargo, cuando llega el final, algo se rompe. No de manera escandalosa, sino peor: de manera silenciosa, casi sin aviso.
La película se presenta como una historia de amor atemporal y durante casi todo su recorrido lo logra. Drácula no es solo un monstruo; es un hombre herido que perdió a Dios cuando perdió a Elisabeta. Su condena no nace de la crueldad, sino del abandono. De la fe traicionada y de un amor tan grande que se vuelve blasfemia.
Por eso el final resulta tan desconcertante, por lo menos para mí.
Después de siglos de dolor, sangre y soledad, ¿todo puede resolverse con una conversación breve y superficial con un cura? ¿Un ser que desafió a Dios por amor vuelve a Él, en cuánto? ¿Cinco minutos? La película parece sugerir que sí y ahí es donde su propio peso la traiciona.
No porque la fe no pueda redimir, sino porque acá no hay verdadero conflicto, ni penitencia, ni enfrentamiento con las consecuencias. Hay recuerdo, nostalgia e inclusive una versión idealizada de quien Drácula fue… pero no una confrontación real con la criatura que ahora es.
Y entonces surge la pregunta incómoda:
¿ese gesto final es amor puro… o también hay egoísmo?
Drácula dice soltar a Mina para no condenarla a su mismo martirio. Hasta ahí puedo entenderlo. Pero él fue quien se acercó. Fue quien despertó su memoria. Quien hizo que su alma recordara ser Elisabeta. Entonces, ¿Por qué hacerlo, si no estaba dispuesto a sostener lo que eso implicaba?
Ahí el relato se vuelve contradictorio.
Porque si Mina recuerda, ya no es solo Mina. Es Elisabeta renacida. Y devolverla a una vida junto a un prometido que no participa de esa verdad, no se siente como liberación, sino como negación. No hay verdadera elección. Hay una decisión tomada por ella, en nombre de un bien mayor que nunca termina de sentirse honesto.
El prometido queda como una figura casi decorativa, un símbolo de normalidad casi forzada. Y el supuesto final feliz se siente impuesto, no real.
Drácula, que parecía amar más que a nada, elige no cargar con las consecuencias de ese amor. Y eso no lo vuelve noble: lo vuelve pequeño. Irónicamente humano, sí. Comprensible, un poco quizás. Pero lejos de la intensidad que la película construyó durante todo su recorrido.
El problema no es que el final sea triste.
Es que es insuficiente. Se siente soso y apurado.
Drácula: A Love Tale quiso ser una historia de amor, de fe, de redención y de condena al mismo tiempo. Pero en su desenlace le tuvo miedo a su propio monstruo. Y cuando se domestica al monstruo, cuando se lo absuelve sin exigirle sangre, culpa o transformación real, algo esencial se pierde en el camino.
Sigo amando a Drácula. Me gusta en prácticamente todas sus versiones. Porque representa uno de los romances más intensos y trágicos que existen.
Pero esta vez, su final no estuvo a la altura del amor que prometía.
Y eso, quizás, es la verdadera tragedia.
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