El bosque no siempre huele a calma.
A veces cruje,
a veces la tierra se abre
y pide algo que no sabe nombrar.
Día 8
He estado feliz, o eso creía.
Parece que siento como si nunca hubiera estado feliz de verdad, como si mi felicidad fuera falsa y, en el fondo, siga siendo la parte más horrible de mí. Una parte que no encuentra nada que la reconforte.
Es como si tuviera un agujero grande y vacío que no puede llenarse con nada de lo que encuentro, y ese vacío empieza a molestarme.
Trato de comer. Trato de comer para llenar algo que no sé si pueda ser llenado, pero no encuentro otra cosa que me ayude a sentir que está completo. A lo primero que recurrí fue a mi más leal amiga: la comida.
Aunque no siempre se trata de comer. A veces se trata de no hacerlo. Y la verdad es que me alegra que esta vez fuera querer comer y no dejar de comer; eso me alivia un poco.
No necesitaba llenar algo, necesitaba algo dulce para equilibrar lo amargo. Pero cuando empecé ya no pude parar. Comía porque estaba molesta, porque estaba asustada de la escuela, porque estaba asustada de mí misma. Comía porque me odiaba y comía porque me sentía culpable de comer.
En ese momento me sentí como Patty Bladell.
Me siento tan hambrienta como nunca. Sé que la comida no arreglará mis problemas, pero ¿qué se supone que haga?
Parece que mi estómago no es el único que se siente vacío.
Enterré el hambre entre raíces
esperando que brotara algo distinto.
Quizá no era alimento,
quizá solo quería sombra.
-
f.c

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