A veces siento que no soy una persona, sino una marioneta bien hecha.
Como si alguien —o algo— estuviera moviendo los hilos desde un lugar que no puedo ver. Camino, hablo, río, respondo… pero hay momentos en los que todo se desajusta. Parpadeo y el mundo pierde profundidad. Los colores se ven demasiado nítidos, los sonidos demasiado limpios. Como si la realidad hubiera bajado los gráficos para ahorrar energía.
En esos instantes, miro mis manos y no se sienten mías. Se sienten como un modelo 3D que obedece comandos. Avanzo porque tengo que avanzar. Respondo porque ese es el diálogo que toca. Todo funciona, pero nada se siente real.
La gente a mi alrededor parece seguir rutinas perfectas, como NPCs repitiendo frases. Me hablan, pero a veces sus palabras no llegan del todo, se quedan flotando, como texto en pantalla que puedo cerrar cuando quiera. Y entonces pienso:
¿y si nada de esto importa de verdad?
¿y si cada recuerdo es solo un archivo guardado?
¿y si todo lo que he vivido fue parte del juego?
Lo más extraño no es sentir que el mundo es falso.
Lo más extraño es que, a ratos, yo también lo soy.
Como si mi conciencia fuera solo un espectador atrapado detrás de los ojos, mirando cómo el personaje principal sigue adelante aunque ya no crea en la historia. Como si la vida no se viviera, solo se jugara.
Y aun así… duele.
Duele perder, duele extrañar, duele sentir miedo.
Entonces aparece la duda final, la más inquietante de todas:
si nada es real…
¿por qué se siente tan real cuando duele?
Tal vez no soy una marioneta.
Tal vez soy alguien que, por un segundo, vio los hilos…
y ya no puedo dejar de notarlos.
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