Me desperté a las 3:17 a. m con esa peste clavada en la nariz. No había electricidad, así que tomé una vela y bajé las escaleras; entonces, al lado del comedor, sobre el suelo, estaba ella: una mujer joven, con la piel grisácea y los ojos vidriosos apuntando al techo, tenía las manos en posición como si todavía intentara apartar algo. Nunca la había visto en mi vida.
Me quedé mirándola, como tratando de reconocerla, el silencio era tan denso que podía escuchar mi corazón palpitar o tal vez era el suyo intentando volver a latir, y la sombra de su cuerpo se alargaba y se movía como si tratara de arrastrarse hacia mí. Intenté buscar mi teléfono, pero no estaba por ningún lado, sentía que esa extraña mujer me perseguía, y entonces la escuche susurrar:
— Te perdono. —Me quedé helado, no sabia a que se refería.
De un momento a otro volví a la realidad, entonces vi mi camisa cubierta de sangre, que en mi mano aún sostenía el cuchillo.
Y recordé.
Recordé que era su casa y que me pidió que me fuera.

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