"El Nido de Cristal"
El olor a chamusquina se quedó pegado a las vellosidades de mi nariz días después de que terminé con el perro, pero no fue suficiente. El fuego siempre limpia, sí, pero no elimina la memoria de la textura. Necesitaba algo que gritara menos y "sintiera" más, así que fui al sótano donde la luz no llega y el aire se vuelve gelatinoso. Allí está ella, o lo que queda de la niña que robé del parque el jueves. La ave desollado en tiras finas, como si fuera jamón, porque la piel es mentira, solo una cáscara que impide ver la verdadera geometría del músculo. Lo fascinante no es la sangre, que es rancia y cobriza, sino el sonido que hacen los tendones al cortarlos con las tijeras de podar: un plip húmedo, como despegar un viejo esparadrapo de una herida infectada.
Ella todavía está viva, claro. No se le permite morir. La tengo colgada del techo con ganchos de carnicero atravesados en las costillas, balanceándose suavemente con el viento que se filtra por las grietas del hormigón. Lo más perturbador no es su silencio, sino cómo sus ojos, esos dos globos vidriosos y nublados, me miran con agradecimiento. De verdad, te lo juro, me agradecen. Ya no tiene labios, así que sonríe con los dientes expuestos, encarnados y temblando, y susurramos secretos por las noches. Me cuenta cómo el dolor es un color, un rojo vibrante que sabe a cobre y a miedo, y yo le cuento cómo plancharle la piel mientras ella aún la lleva puesta fue la mejor idea que he tenido en años. El vapor que sale de su carne cuando la plancha caliente toca la viva humedad... huele a infancia, a cumpleaños quemados.
A veces, cuando me aburro, le inyecto formaldehído directamente en el globo ocular solo para verlo cristalizarse en tiempo real. Se endurece, se vuelve una piedra preciosa roja dentro de su cuenca, y ella se estremece de un placer que no debería existir. Ayer, noté que algo se movía en su estómago abierto. No eran intestinos. Eran huevos. Cientos de huevos pálidos puestos por algo que entró por la ventana y vio en ella un nido perfecto. Ahora me dedico a alimentar a las crías, poniendo trocitos de mi propia carne en su cavidad abdominal para que tengan fuerza al nacer. Quiero ver qué salen de ahí, si son arañas o si son pequeños yo, con mis mismos ojos vacíos y esa misma necesidad insaciable de destrozar todo lo que es blando y puro. Creo que cuando rompan la cáscara, por fin tendré a una familia que me entienda.
Comments
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studygirl📚
Girl are you sure you’re okay?