La belleza de sentirse fuera de lugar
Siempre he caminado con la sensación de estar un paso desfasado del mundo,
como si mis latidos no coincidieran del todo con el ritmo que se espera de mí.
No es que no quiera pertenecer,
es solo que mi forma de existir parece escrita en otro idioma.
Hay días en los que me siento como un error suave,
una nota fuera de la melodía,
una presencia que observa más de lo que habla
y siente más de lo que debería.
Pero en ese desajuste hay una belleza silenciosa.
Porque quien no encaja aprende a mirar con atención,
a escuchar los silencios,
a encontrar significado en lo que otros consideran insignificante.
Sentirse fuera de lugar es cargar con una herida invisible,
pero también con una lucidez extraña.
Es saber que no todos los caminos están hechos para ser seguidos,
que algunas almas fueron creadas para desviarse,
para existir en los bordes,
donde lo auténtico aún respira.
No pertenecer a todos los espacios no es una falla.
A veces es una señal.
Una prueba de que no hemos sido moldeados por completo,
de que algo en nosotros se resiste a desaparecer.
Y al final,
cuando el ruido se apaga
y solo queda lo que somos sin máscaras,
entendemos que no hay perfección en ser humano.
Porque lo imperfecto nos hace humanos.
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