El joven, de quien un corazón noble se ha enamorado perdidamente y sin un atisbo de esperanza, reclama el amor que le ha sido arrebatado.
Con la horca ceñida al cuello, llora desesperado por un amor que habita más allá de los confines del vasto océano, suplicando un último soplo de aire en sus pulmones.
Dos almas separadas por la codicia humana, obligadas a existir en un martirio eterno, alimentado por la ausencia.
El amor los condenó a una vida de sentimientos vagos que, con el paso del tiempo, se transformaron en estacas, perforando el corazón hasta morir de dolor, con los anhelos aún intactos.
Solo fueron recordados como dos almas destinadas a estar juntas y, sin embargo, forzadas a permanecer separadas.
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