Las etiquetas y el precio de clasificar.

Son cotidianas, y, por eso mismo, peligrosas. Cada vez que conocemos a alguien, las etiquetas aparecen en la persona: para presentarnos solemos categorizarnos y encasillarnos; quizá no lo hacemos explícitamente como “Hola, soy homosexual” u “Hola, soy pobre”, pero de alguna manera terminamos encerrando lo que somos en burbujas de conceptos prestablecidos que acaban definiéndonos a un gran costo: ser quienes se supone que debamos ser.

Las etiquetas residen en nuestra sociedad. Son herramientas con una construcción histórica, no natural, que sirven para nombrar ideas, ordenar y delimitar grupos, comunicarnos fácilmente e incluso para tranquilizar mentes. Funcionan como aliadas de lo simple: reducen las complejidades de la persona social a tal punto en que se puedan explicar y manejar fácilmente por todos, aunque esto signifique generalizar, y muchas veces, encarcelar libertades. Asimismo, nacen hijas del capitalismo, que necesita al individuo dentro de una categoría para poder leerlo, administrarlo y hacerlo funcional. En pocas palabras, atajos del lenguaje que simplifican orientaciones y comportamientos a costo de experiencia humana.

¿Por qué nos gustan? nos hacen pertenecer a algo y, como seres sociales, eso nos encanta. Sentirnos parte de un grupo nos valoriza y reivindica, hace que de algún modo existamos, y esa existencia clara nos da seguridad. Ser alguien “definido” – en realidad, categorizado – nos aleja de lo ambiguo, de lo desconocido, de lo temido. Así, las etiquetas se presentan como necesarias.

Etiquetar es ahorrar: en el mundo acelerado que habitamos hacer uso de las etiquetas es pensar menos, lo que significa ahorrarnos la incomodidad y el esfuerzo mental que constituye el cuestionar como estas apoyan las ideas de la heteronormatividad y la discriminación. Pensar menos, además, impide advertir que las etiquetas forman parte de un sistema opresor más amplio que usa el sexo como tecnología política y que opera como mecanismo de control social.

Son útiles, sí; pero sobre todo son peligrosas. Experiencias, comportamientos y orientaciones tan dinámicas y cambiantes como lo son las sexuales se ven congeladas y amarradas por la rigidez de las etiquetas. Se vuelven prescriptivas, dejan de explicar quienes somos y empiezan a definir y a determinar quiénes deberíamos ser, no porque queramos ser así sino porque a la sociedad y al poder le sirve que seamos así. Pero cuando la sociedad no puede decidirlo, por no encajar por completo en alguna de las etiquetas, se vuelven excluyentes lo que refuerza el hecho de que son una fuerza de control que ejerce poder social en cuanto sea beneficioso para unos pocos. No comprenden la diversidad del pensamiento y el actuar humano; existen para limitarla y oprimirla.

Probablemente el problema no sean las etiquetas, sino que, como sociedad hayamos aceptado vivir a través de ellas. Somos culpables de permitir que nuestra humanidad se base en cumplir roles y hacer honor a nombres en lugar de asumirla como un proceso abierto y dinámico. Habría que replantearnos el poder que tenemos sobre nuestra propia vida actuando bajo decisiones libres y sin barreras que sean impuestas por constructos sociales, pero, aunque hagamos todo eso ¿realmente podría existir una sociedad sin etiquetas?


5 Kudos

Comments

Displaying 1 of 1 comments ( View all | Add Comment )

AndresMrtz17

AndresMrtz17's profile picture

creo que no podría existir un mundo sin etiquetas, inconscientemente siempre estamos etiquetando todo lo que vemos y somos ( no tengo nada de fé en que eso cambie ) sigue montando cosas así, me gusta como escribes. Suerte bro


Report Comment