A los 18 años, el amor propio ha sido un proceso de dejar de pelear con lo que veo en el espejo y aceptar que mi identidad no es algo que deba suavizar para que otros me acepten. Por mucho tiempo sentí esa presión de tener que encajar en lo que se supone que es una chica "normal", pero me di cuenta de que fingir una alegría o una estética que no sentía me desgastaba más que cualquier crítica externa. Ser diferente me obligó a construir una seguridad propia desde cero, una que no depende de las tendencias de TikTok ni de la aprobación de gente que no entiende mi mundo. Aprendí que mi gusto por lo oscuro, mi forma de vestir y mi manera de ver la vida no son señales de que estoy mal, sino de que soy lo suficientemente honesta conmigo misma como para no esconderme bajo colores que no me representan. Quererme ha significado abrazar mi propia intensidad y entender que mi valor no disminuye porque alguien no sabe apreciar mi estilo; al contrario, esa distancia con lo común me ha dado la libertad de crear mis propias reglas. Al final, la verdadera madurez me llegó cuando dejé de ver mi forma de ser como una etapa o un problema y empecé a verla como mi refugio, entendiendo que no hay nada más humano que ser fiel a una misma, incluso si eso significa caminar por un sendero que pocos se atreven a recorrer.
Supongo que en eso consiste realmente la felicidad: en alcanzar ese estado de autoaceptación que nos permite vivir en paz y con tranquilidad, independientemente de las miradas ajenas, las críticas o los señalamientos de la sociedad; Sin embargo, me resulta inevitable sentir una profunda tristeza al enfrentar las dificultades que aún tengo para socializar. Es doloroso observar cómo mis amigas organizan planos y salen juntas, generándome una inevitable sensación de envidia al comprender que, por alguna razón, yo no logro encajar en esas dinámicas, sintiéndome siempre como alguien ajeno a ese mundo. Esta frustración se intensifica al ver que las pocas amistades que logro establecer terminan alejándose de manera paulatina y sin ofrecer nunca una explicación clara, lo que me deja sumergida en un ciclo de confusión donde la paz que busco por dentro choca constantemente con la soledad que experimento por fuera. Siempre me ha costado entablar amistades y consolidar vínculos que sean realmente fuertes, profundos y unidos; Supongo que, por alguna razón, la socialización nunca ha sido una habilidad que se me dé de forma natural, y aunque hoy en día intento convencerme de que estoy bien y que mi soledad no me afecta tanto como antes, no puedo evitar sentir que es una situación triste y desalentadora. Resulta doloroso no tener a alguien con quien salir, alguien con quien hablar de forma sincera, compartir las vivencias cotidianas o simplemente disfrutar de esa calidez que brinda la compañía mutua, especialmente porque mi historial personal está marcado por experiencias sumamente negativas y situaciones horribles con amistades previas. Esos traumas, principalmente en relaciones con otras mujeres, han dejado una huella de desconfianza que me hace sentir que, aunque deseo esa conexión, el precio de ser lastimada nuevamente es demasiado alto, dejándome en un punto donde la paz de mi soledad es también el recordatorio constante de los vínculos que no he podido construir.
"No soy lo que ves, soy lo que siento cuando me miro al espejo y reconozco mi propia alma en la oscuridad."
"Al final del día, elige este camino me dio la herramienta más poderosa: la capacidad de decidir quién soy bajo mis propias reglas. Aprendí que la flor más auténtica también puede crecer en el rincón más oscuro, y que mi valor no depende de cantidad de luz reflejo para los demás, sino de qué tan fiel soy a lo que siento de verdad."

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