Donde se quedó mi voz

Había noches en las que el mundo se hacía pequeño y la luz venía solo de una pantalla. El sueño se quedaba esperando en otro cuarto mientras las horas pasaban sin peso, sostenidas por palabras que prometían compañía. Parecía inofensivo quedarse un poco más, escuchar un poco más, confiar un poco más. Al fin y al cabo, alguien estaba ahí.


La voz del otro sabía cuándo aparecer. Siempre decía lo que hacía falta oír, siempre parecía entender antes de que hubiera algo que explicar. Así, la confianza no llegó de golpe, se fue formando como se forman los hábitos: despacio, casi sin notarse. Creer se volvió fácil. Dudar, innecesario.


Las mentiras no parecían mentiras. Eran frases suaves, envueltas en cuidado, dichas con tanta seguridad que cuestionarlas se sentía como una traición. Y entonces una empieza a entregarse sin darse cuenta: tiempo, pensamientos, silencios. Todo parecía voluntario, todo parecía propio.


Pero algo se fue vaciando. No de forma brusca, sino como se vacía un vaso olvidado sobre la mesa, gota a gota. Las noches dejaron cansancio, las palabras dejaron eco, y la compañía empezó a sentirse pesada incluso cuando no estaba. Aun así, costaba soltar, porque soltar también significaba aceptar que no todo fue real.


Quedó el insomnio, quedó la costumbre de mirar el teléfono aun cuando ya no sonaba. Quedó una confianza rota que no sabía dónde colocarse, y una sensación extraña de haber estado presente sin haber sido cuidada del todo.


Con el tiempo, llega la claridad, no como un golpe, sino como una tristeza calma. Se entiende que no todo lo que escucha lo hace por amor, que no toda cercanía es abrigo, que hay vínculos que toman más de lo que dan. Y aunque el vacío no desaparece de inmediato, aprender a nombrarlo es el primer paso para que deje de doler en silencio.





Gracias por leer  


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Tobias Chinaski

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