Hay días en que me siento sola y desorientada,
como si mi lugar en el mundo fuera frágil.
Mi cuerpo habla con dolores,
el estómago se cierra,
el cansancio pesa,
y aun así sigo de pie,
aunque las piernas tiemblen
y el equilibrio falle por momentos.
Mi piel guarda historias antiguas,
huellas de batallas que nadie vio,
marcas que no piden lástima
sino descanso.
No son el final de mí,
son pruebas de que sobreviví.
A veces la realidad se siente lejana,
como si estuviera mirando mi vida
desde afuera,
esperando despertar de un sueño extraño.
Pero incluso ahí,
algo en mí sigue respirando,
sigue queriendo.
Quisiera aprender a sostenerme sola,
no vivir del miedo a perder a otros,
no moldearme para encajar en manos ajenas.
Quisiera que mi valor
no dependiera de cuánto doy,
ni de cuánto cuido,
ni de cuánto complazco.
Cuando el silencio llega
y me pregunto para qué sigo aquí,
no siempre tengo la respuesta.
Pero empiezo a sospechar
que existir también puede ser suficiente,
que no todo propósito tiene que doler.
Sé que amar me cuesta,
que a veces soy intensa, dependiente,
demasiado.
Pero también sé
que no todo en mí es un error,
que sentir tanto
no es una condena.
No voy a curarme de golpe,
ni borrar lo que soy.
Voy a aprender, lentamente,
a convivir conmigo,
a cuidarme sin castigo,
a vivir sin desaparecer.
Y tal vez eso —
seguir aquí,
intentándolo—
ya sea una forma de esperanza.
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