Hoy necesito escribir esto para no olvidar —o para dejar de recordarlo tanto.
La noche del escape estaba perfecta, tan perfecta que daba miedo. Cielo despejado. Brisa estable. Las cámaras, torpes por un fallo que no causé… pero aproveché.
Despegamos desde la azotea como sombras escapadas de un mural mal pintado.
Todo fluía. Todo tenía sentido.
Íbamos pegados al suelo, esquivando sensores, bailando con las dunas.
Pero Ícaro… mi hijo…
Él sintió algo que yo había olvidado: la libertad quema.
Lo vi subir. Primero un poco. Luego más. Luego demasiado.
Le grité. Le rogué.
Él solo reía. Reía como si el cielo fuera un lugar seguro.
No lo era.
Nunca lo ha sido.
-D.
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