Sacudime, madre.
Haceme reaccionar, despertame, arrancame de este silencio que me está comiendo por dentro.
Decime algo, lo que sea, aunque duela, aunque me quiebre.
Necesito sentir que todavía podés verme, que todavía soy alguien para vos.
Desarmame si hace falta, pero no me dejes solo.
Permitíme derrumbarme delante tuyo,
como cuando era chico y no sabía qué hacer con el miedo,
y buscaba en tus manos un refugio que siempre parecía tan lejos.
Haceme temblar otra vez con una palabra tuya,
una palabra que me nombre, que me reconozca,
que diga que alguna vez fui tu hijo
y no solo una carga silenciosa a la que había que acostumbrarse.
Dejá algo en mí, aunque sea un rastro pequeño,
para saber que no imaginé tus brazos,
que alguna vez estuviste acá,
que no soñé tu calor para sobrevivir.
Haceme llorar si es la única manera de que me escuches.
Haceme hablar aunque la voz me tiemble.
Haceme sentir que existo, madre.
Aunque sea por un instante.
Aunque sea tarde.
Porque ese cariño que creí tuyo…
¿existió alguna vez?
¿O fue solo una esperanza con la que me convencí para no romperme del todo?
¿Por qué nunca llegó?
¿Por qué nunca me tocó?
¿Por qué nunca pudiste dármelo aunque fuera un poco?
Dámelo ahora, aunque no te salga natural.
Dámelo una sola vez, mamá, una sola vez en la vida.
No te pido más que eso.
Una migaja de ese amor que vi en otros hijos y nunca en mí.
Te prometo que voy a cambiar,
que voy a dejar de molestar,
que voy a callar mis rarezas, mis torpezas, mis ruidos.
Te prometo que voy a ser eso que creíste que quería que fuera.
Voy a ser la versión que no te incomode,
la que no te duela,
la que no te canse.
Pero por favor…
por favor…
no me dejes sin ese cariño otra vez.
No esta vez.
No ahora que por fin me animé a pedirlo.
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