Quédate conmigo, amor, mil y un inviernos,
para mirar cómo florece el tiempo,
para perderme en tus matices tiernos,
y hallar en ti el sentido del silencio.
Que las horas se disuelvan como el hielo,
que los pesares pasen como el viento;
que todo se disperse en el misterio,
y el calor de tu abrazo sea mi templo.
Mil inviernos deseo a tu costado,
donde el frío se torna en dulce amparo,
y mi pecho, morada del latido,
sea el refugio eterno de tu suspiro.
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