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Category: Life

Do Watever You Want As Much As You Can (Spanish)

La cocina es ahora uno de mis oficios; sorprendentemente jamás pensé que iba a serlo. A fin de cuentas, veía a mi madre quejarse de ello tanto que su ceño se fruncía, con las cejas bien, bien juntas, y pensaba que en cualquier momento se unirían en una sola. Las quejas y los gritos en casa eran una cosa normal.

El horno encendido, hablar con cabezas de pescado hasta perder la tuya, la forma en la que tus compañeros te miran cuando haces un buen plato, la textura y redondez de la pimienta. Destripar animales casi a diario si el restaurante es bueno y pide peces frescos o carne de caza, y mientras tú tienes las manos manchadas de rojo, el chef firma los papeles del recibí con una comodidad terrible.

Una introducción para decir que este oficio me ha salvado la vida.

Si algo he aprendido en estos dos años que llevo estudiándolo, es que debí hacerlo hace mucho. Por eso el título del blog es «Do whatever you want. As much as you can.»

Pasé cinco años en una carrera de Educación Infantil. Dos de ellos con trastorno de ansiedad generalizada; la gente daba miedo, las tareas también, todo parecía más serio de lo que realmente era. A mí me gustaba molestar: a mis compañeros, a los profesores, a cualquiera que tuviera un mínimo de autoridad. No fue del todo malo. No hice ningún amigo (y menos mal). Descubrí que soy autista justo al segundo año, y fue algo que, en vez de asustarme, me llenó de alegría y preguntas. Porque ahora, sin saberlo, tenía muchas respuestas.

Llegó aquel supuesto fatídico día en el que no pude entregar mi tesis. Una de las cosas que más me estresaba era el dinero que debía gastar para pagar la universidad, porque no era mío, era de mi madre. Así que la ansiedad era más que real a la hora de tener que repetir materias (porque sí, en España pagamos el doble si suspendemos una).

Los profesores no me dieron soluciones. Me dejaron un año a la deriva y les dije un “que os follen” de la manera más cortés posible. Me di cuenta, una vez más, de que el sistema no funciona.

—Habla con el comité.
—¿Puedo hablar con ellos?
—¿Para qué?

¿Cómo que para qué? ¿No me acababan de decir que hablase con esa gente?

Dejé de contestar a los e-mails, a los WhatsApp. Me volví distante con cualquiera de la universidad. Había aguantado hasta entonces porque me apetecía seguir ahí por ciertas personas, pero incluso esas personas —me di cuenta— en ese momento no iban a preocuparse por mí. Solo yo iba a preocuparme por mí.

Abandoné mi club de escritura (el cual llevaba yo), mi club de teatro (el cual también llevaba yo). Hubo quejas, réplicas, mensajes ignorados de mi parte y cero lloros.

—¿Ahora qué vamos a hacer?
—Apañaoslas.

Fue lo último y único que dije. Siempre he sido contundente en mis decisiones y no demasiado amable cuando se trata de ese sitio. Algunos profesores, con un ego tan grande como el edificio, me dejaron de hablar porque les dije cuatro verdades incómodas. Ridículo, ¿cierto?

(No por nada mi primer nombre artístico es Hamilton. If you know, you know.)

Este sistema quiere criticismo y cuando se lo das, arruga la cara y te llama mala persona. No me importó, no me importó desde el primer año, con esa ansiedad que me comía por dentro como un demonio y el trastorno depresivo que desarrollé. No me importó una mierda cuando me dijeron “no me esperaba esto de ti” al otro lado de la pantalla, en vez de preguntarme por mi nueva afición y mi nueva vida más allá de las estúpidas puertas de un sistema horrible.

Mi nueva vida en cocina.

Después de cinco años, tuve un episodio de despersonalización tal que me perdí mucho a mí mismo. Fuera del cuerpo, sintiéndome más perdido y gris que nunca, observando el parque enfrente de la escuela de hostelería como un planeta extraño.
Me encantaría hablar de la mierda que son los centros para nosotros, las personas neurodivergentes, pero ese es tema para otro blog. Este, por ahora, es el que es.

El caso es que la cocina me ayudó con ello.

Empecé con repostería primero. Mi profesor —al que llamaré Mr. J— era (y es) una persona agradable. Una gran persona. Pero de nuevo hubo choque de egos. Curiosamente estudiamos la misma carrera, él siendo más mayor que yo, obvio. La escuela era diferente: el alumnado éramos diez inadaptados, muchos de ellos sin nacionalidad o con riesgo de exclusión social. Autistas, raritos, personas que aún viven con sus madres con 40 años y madres de familia cuya frase estrella era “me recuerdas a mi niña”. Incluso una anciana y mi propia prima, con la cual pude hacer las paces después de casi diez años sin hablar.

Cocinar para mí fue terapéutico.

Risas, enojo, expresión. Era todo lo que no podíamos hacer en la lúgubre universidad. No había reglas, no había normas APA. Había muchos gritos, ruido, amenazas con cuchillos y tantos dulces que teníamos las neveras llenas de pasteles que acabaron tirándose. J y yo acabamos siendo amigos junto con otro colega —al que llamaré Fillmore— porque me recuerda al loco de los aliens de Smiling Friends.

Charlas de videojuegos, de películas… Y algo que hago mucho: ver si la otra persona me copia el lenguaje corporal para saber si le caigo bien (es algo social; hago esquemas psicológicos de la gente). Y sí. Después de tantas riñas, Mr. J copiaba cómo me movía un día, sentado a mi lado viendo un documental del Lera.

Luego de acabar ese curso y hacer una cena gigante multicultural, de acabar con esa horrible gente —porque muchos de ellos nos hicieron la vida imposible—, decidí meterme directo a cocina.
Aún estoy cursándolo y, de hecho, perdí todo el verano solo porque esto me apasiona más que cualquier cosa.

Ahí conocí a la que llamaré Kaurismäki (porque su director favorito es Aki Kaurismäki).

Ella es perfecta como docente y como chef. Porciones pequeñas para no tener que tirar comida, platos originales, cuidado en el orden y alta cocina. Es todo lo que Mr. J no era en repostería. Mientras él y otro profesor ahora están dando clases teóricas —porque al final compartimos cocina—, ella nos lleva a ver queserías, fábricas, nos hace catas sensoriales, trae a gente de fuera para hablar sobre consumo ecológico y nutrición, y hace sus propios apuntes.

No hay PowerPoint constantemente. No hay vídeos de YouTube explicándote cómo tienes que cortar un pescado (como la persona que estuvo suplantando a Kaurismäki un tiempo y no sabía ni agarrar un cuchillo).

Si tuviera que definirla en una sola palabra, sería “holística”. Y si tuviera que definirla en dos, añadiría “madre”.
Cada que me corto, ella está ahí. Cada que me pongo malo (o finjo hacerlo para no ir a clase), es ella la primera en preguntar. Es ella la primera en animarme a ir a clase cuando ya estamos cansados.
“Somos un equipo; sin vosotros esto no funciona.”

¿Habíais escuchado alguna vez a un profesor decir algo semejante?

Saber que puedo reírme de ella y meterle prisa en broma cuando está acabando un plato porque no va a gritarme. Hablar con ella sobre plantas y brujería, externar mis pensamientos más raros con mis compañeros y pedirles hongos mágicos al final de la clase sin que me miren raro (sí, a ese nivel de anarquismo hemos llegado).

La cocina es un lugar para punks e inadaptados. Y más desde que conocí a Anthony Bourdain: el que decía que la cocina era un barco y los cocineros, piratas con pendientes y cuchillos más afilados que una hoja de papel. El que decía que odiaba a su primera ostra por hacerle sentir que la cocina valía la pena.

Si tuviera que definir mi “primera ostra”, diría que, como no puede ser de otra manera, sería The Bear.

The Bear fue una serie que me marcó de muchísimas maneras. Colores, sabores que quería probar, técnicas que quería hacer. Fue una salvación en el ambiente universitario. “Yo quiero hacer eso.”

La vi con mi mejor amigo, al cual considero mi hermano pequeño. Incluso cuando dejamos de hablar por una fuerte discusión seguimos unidos por ella, recordándonos a ambos en Mickey y Carmy. Ambos perdidos, ambos desamparados. Siempre le digo que se meta a cocina, porque es el hogar que a mí me acogió.

Me acogió con mi cambio de nombre y género legal, me acogió cuando tenía episodios depresivos, me acogió de tantas maneras que, si te sientes perdido en la vida, sencillamente —y de verdad—: estudia cocina.

Pero no estudies en un lugar de prestigio. Estudia en sitios pequeños, donde cuando se caiga agua en los fogones eléctricos salte la luz y no podáis cocinar, teniendo que emulsionar una salsa en el microondas.
Estudia en sitios donde los profesores sean chefs sin nombre; estudia en sitios donde te enseñen a abrir animales en canal y no con vídeos de YouTube.
Estudia en sitios con los hornos más horribles que hayas visto en tu vida, y más antiguos, pero que funcionan.

Con la cocina comencé a escribir y dibujar de nuevo. La originalidad con Kaurismäki es diaria; hicimos hasta nuestro propio especiero con mezclas de hierbas.

Trabajé tanto la memoria con ella, la rapidez, el entusiasmo y la coordinación, que puedo sacar yo solo —y de cero— cuatro platos y un postre.

Y todo esto, solo porque vi The Bear y quería ser como Carmen.

Do whatever you want, as much as you can. Trust me.


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