Estoy estática en mitad de la sala que normalmente percibo como mi lugar seguro; un espacio con un sofá blandito que compramos en las rebajas del año pasado, cuadros de nuestros artistas favoritos y las paredes de un tono cálido que te acogen haciendo que no quieras salir. Sin embargo hoy no se siente así; esa sala que de normal inspira comodidad y tranquilidad, se encuentra bajo un gran muro que nos separa. No sé cómo ni cuándo hemos llegado a esta situación pero hace rato que he dejado de prestar atención; esta situación me supera. A veces hemos llegado a tener pequeñas discusiones pero ninguna de este tipo, tan elevada. Su expresión es una perfecta representación de angustia, desesperación y enfado. Por el contrario, estoy segura de que mi cara muestra una ligera combinación entre preocupación y confusión. Sin darnos cuenta, el tono de la discusión acaba elevándose más hasta llegar a un punto en el que explotamos. Lo siguiente que recuerdo con claridad es su figura saliendo por la puerta para dirigirse al coche y desaparecer junto a la neblina nocturna.
Miré el reloj, era la una y cuarenta y ocho de la madrugada. Estaba sentada en el sofá enredando un mechón de mi pelo mientras divagaba en la discusión de hacía unas horas. No podía pensar en nada más, solo en cuánto tiempo iba a tardar en volver a casa y cuándo íbamos a dejar de lado nuestras diferencias y arreglar nuestros problemas para poder volver a la normalidad. Sin embargo, mis pensamientos se vieron interrumpidos por el impetuoso sonido del teléfono. Lo descolgué con desesperación; pregunté por la persona al otro lado de la línea, puesto que no reconocía el número. Sin embargo, no sentí alivio al escuchar su voz. Lo siguiente que sentí fue mi alma derrumbándose junto al sonido hueco del teléfono golpeando contra el suelo. La discusión que tanto había rondado por mi mente dejó de tener importancia; no sabía qué hacer o cómo reaccionar, la mente se me quedó en blanco pero, en un impulso que sigo sin saber de donde surgió, cogí mis llaves y rápidamente me dirigí hacia el hospital en el que se hallaba el cuerpo para testificar. No temblaba, no sentía miedo ni tan siquiera estaba nerviosa; mi cuerpo parecía estar en piloto automático, yo no lo controlaba, no pensaba sobre mis actos, simplemente actuaba.
Jamás olvidaré esa escena en la que me dirigía con el doctor hacia la sala donde le quitaron la sábana que lo cubría. En ese momento, todos los sentidos me volvieron en sí; me derrumbé. Jamás podía haber imaginado que esa situación me pudiera pasar a mí. Mi mente no daba a basto con la mezcla de emociones que empecé a sentir, estaba descontrolada y las lágrimas no paraban de brotar de mis ojos. El doctor me dejó a solas en la sala para poder despedirme y con las pocas fuerzas que me quedaban, tras responder a las preguntas de los policías y los médicos forenses, me fui a casa.
Nada más llegar me dirigí a la cama y sin cambiarme de ropa me acosté y empecé a llorar; las sábanas deshechas pegadas en mí se sentían frías y asfixiantes. No podía dejar de dar vueltas tratando de dormir pero no lograba conciliar el sueño. No sé cuánto tiempo había pasado ya, la almohada estaba mojada por las lágrimas que resbalaban sin cesar por mi cara, y ahí estaba yo, con el pecho encogido, el corazón desbocado y el sentimiento de culpa que me acompañaba. En mi mente solo se observaban escenas fantasiosas en las que no llegamos a discutir, no llegaba a irse por la puerta o en las que volvía a salvo. Desgraciadamente ninguna de ellas se podía hacer realidad por mucho que yo tratara de convencerme de ello. Así mismo, mi mente se aferraba sin éxito a los momentos compartidos: las tardes de películas en el sofá o los paseos por el parque que tanto nos gustaban. No podía asumir que estos momentos jamás se iban a repetir, que jamás podría volver a verle a los ojos. Esos ojos que desprendían un fulgor tan hipnotizante. Y sobre todo, que yo no podía hacer nada para cambiar lo que había pasado. No podía evitar pensar que en cierta parte todo había pasado por mi culpa, por haber iniciado la discusión y haber dejado que se fuera.
Ya han pasado tres meses del accidente de coche que acabó con su vida y yo sigo sin poder avanzar. Todo se siente frío y solitario, la gente me observa con una mirada de lástima en los ojos que me hace sentir peor por ver que por más que avanza el tiempo, sigo igual de atrapada en el pasado. Prácticamente todas las noches tengo pesadillas en las que observo el momento del accidente, escenas en las que veo cómo me pide ayuda y no puedo hacer nada para pararlo, la culpa me persigue. Aquella fatídica noche no solo se llevó su vida, también se llevó la mía, dejándome como un fantasma vagando sin rumbo, sin esperanzas y sin motivo. Echo de menos su presencia, cada día más y no sé cuánto tiempo pueda aguantar este dolor interno que me golpea todos los días en el corazón. Quisiera irme, quisiera que nos encontráramos.
Historia republicada: originalmente en mi blog >>https://staroverthinking.blogspot.com/?m=0
Comments
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Mari👅
Qué ganas de q escribas más!!! Amo leerte